lunes 15 de abril de 2019 - 12:00 AM

Los clientes estudiantiles

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Columna de
Puno Ardila

Uno de mis estudiantes tenía como costumbre, con mucha frecuencia, recostarse sobre la mesa de trabajo en el aula y, eventualmente, según el trabajo que se estuviera desarrollando, conciliar el sueño. Nuestras clases a las seis de la mañana no eran precisamente una motivación para un adolescente, en cuyo horario, quizá con poco orden y poca puntualidad, no se incluye el compromiso de acostarse temprano para estar descansado y listo para clases a primera hora de la mañana.

Un día le llamé la atención a este estudiante de marras y a su compañero de junto, que parecían dormir mientras transcurría la clase. Su compañero se levantó y se dispuso a participar en las actividades, pero este muchacho se levantó de la mesa, tomó el celular y abrió una aplicación para conversación de texto. Cuando lo increpé, me respondió que yo también haría lo mismo si estuviera esperando durante un año la comunicación de alguien muy especial y esa persona se hubiera comunicado en ese instante; que nadie desaprovecharía esa oportunidad única. Le propuse que esperara al final de la clase, pero su respuesta fue contundente: ¡No!

Este parece ser —como pudimos establecer por la discusión que siguió— el comportamiento aceptado para muchos jóvenes desde las aulas de los colegios, que día a día son más permisivos con los estudiantes, desde calificar con buenas notas aquello que se ha dado en llamar “conceptos” u “opiniones” personales, que muchas veces no pasan de ser especulaciones sin fundamento y muchas otras son respuestas erradas a preguntas precisas, hasta poner notas aprobatorias simplemente porque los estudiantes se aparecen en las clases, así —como en este caso— únicamente lleguen al aula a chatear.

Estos estudiantes son el producto de un proceso que viene ya desde hace varios años, en que la exigencia es mínima y la complacencia es máxima: en las instituciones privadas, para conservar —como dice la tristemente célebre Luz Amalia Camacho— los “clientes” estudiantiles; y en las instituciones públicas, porque muchas veces el producto no importa tanto como “hacerse pasito” para que la evaluación de los estudiantes permita al profesor conservar el cargo.

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