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Puno Ardila
Domingo 21 de enero de 2024 - 12:00 PM

Los embajadores de la India

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La falsa historia de Geraldine Fernández y su participación en una película premiada es un nuevo intento social de repetir el chasco del embajador de la India; pero el embuste que enorgulleció brevemente a los colombianos cayó pronto, porque los tiempos modernos permiten la verificación (ojo, paren bolas, señores periodistas).

Hay muchas historias que contar, como el de la chica que se embarazó de trapos para hacerse una panza tan grande que albergara a nueve chinitos, y todo el país le creyó. O a otra, muy de malas ella, que primero resultó embarazada (y el chinito como que no ha nacido todavía); después le secuestraron a la mamá (nunca se supo cómo fue rescatada, pero reapareció); un día cualquiera la asaltaron a bala en plena vía pública, y le impactaron el automóvil; y otro día cualquiera le embolataron una finca que nunca tuvo. En fin... Era tan de malas la chica, que organizó un remate con los mejores músicos colombianos del momento, aprovechando que habían sido convocados a un festival cercano, pero cuando llegó la hora de arrancar a probarle el fino sello azul que tenía por cajas, se accidentó y murió su hermano cuando bajaba del aeropuerto. Ahí fue más fácil seguirle la pista, porque es sencillo indagar en la Policía, y en las funerarias, también, porque el cuerpo nunca apareció; es más, la china era hija única.

Y hubo otra chica, alumna de entonces, que se inventó una beca de intercambio (o algo así) para España, y llegó tan lejos con la historia que se ausentó durante un semestre, y cuando reapareció pidió permiso a los profesores para que le permitieran ingresar a los cursos a contar su experiencia, y hablar de España, y del piso que ocupaba, y de las costumbres peninsulares.

La gente necesita armar historias, y necesita contárselas a alguien, y necesita que se las crean. Y la gente necesita que alguien le cuente historias, y necesita creer. Por eso existe la ficción, sea chisme, religión o literatura; lo importante es mantener los pies puestos en la realidad, y tener criterio para reconocer la diferencia.

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