lunes 28 de diciembre de 2020 - 12:00 AM

Los marginados

El campesino y el citadino, si cambian de elemento, son unos ignorantes completos; pero la equivocación y el irrespeto social de todos los tiempos es que se es ignorante porque se es campesino.
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Columna de
Puno Ardila

«Es que no puedo conectar la cámara porque estoy en una finca –me dijo una estudiante, y en seguida rectificó–; bueno, esto no es propiamente una finca, porque tiene internet».

Esa es la realidad del país, y así piensa gran cantidad de colombianos: Para que una finca sea finca tiene que ser un predio, de cualquier tamaño, abandonado del gobierno; sin servicios, sin vías, sin posibilidades económicas. Y para que un campesino sea campesino tiene que ser ignorante.

Es cierto; un campesino en la ciudad no sabe cómo se activa un ascensor, cuándo se cruza la calle, ni dónde queda el Capitolio, ni el Palacio, ni Cremas, ni nada. Lo mismo, un citadino en el campo se espanta con las gallinas vestidas (como dijo Gabo), se asquea con la fuente de la leche y se fastidia con el olor a mierda de res. El citadino arranca todas las mandarinas por la mañana, y deja pudrir toda la cosecha y seca el árbol; no sabe cuándo se siembra la yuca ni cuándo están de coger los zapotes. El campesino y el citadino, si cambian de elemento, son unos ignorantes completos; pero la equivocación y el irrespeto social de todos los tiempos es que se es ignorante porque se es campesino.

Pero si hablamos de educación formal, ahí sí pierde el campesino. Si el citadino no aprende un carajo en las aulas, el campesino, menos. Un colegio de vereda tiene ¡un solo profesor!, que dicta Español y Literatura, Matemáticas, Biología, Química, Física..., en todos los niveles. ¿Qué calidad se puede exigir a los estudiantes? ¿Qué exigencia se le puede hacer al profesor?

Alrededor de las “fincas” no hay hospitales ni puestos de salud. Las carreteras terciarias no tienen dolientes en el Gobierno, y son los campesinos mismos los que deben arreglarlas si quieren sacar sus productos a que se los compren –además– a precio de tripa picha.

El gobierno desprecia, como sarnosos, a quienes viven en “fincas”; pero los usan –eso sí– para carne del conflicto, y para que voten por los mismos que los están jodiendo (ah, sí; la ignorancia).

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