lunes 27 de septiembre de 2021 - 12:00 AM

Los mercaderes del templo

En vez de gratitud y reconocimiento por quienes apoyan la causa, la respuesta de los representantes de la Iglesia para el pueblo es apenas desgano, ingratitud y displicencia.
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Columna de
Puno Ardila

La Iglesia ha tenido al pueblo como su proveedor en casi dos mil años que tiene de vida; y también ha conservado, como respuesta a esa generosidad consciente o inconsciente, la misma actitud desagradecida.

Un botón para la muestra: en el Socorro se construyó uno de los templos más bellos de Colombia, con esfuerzos y dineros del pueblo; y la Iglesia, la administradora del templo, se empoderó para dictaminar quién canta, quién habla, quién entra y quién no. Pero el templo sigue siendo del pueblo, como lo demuestra la respuesta popular frente a la amenaza de que esta obra se venga abajo. Es el pueblo el que paga impuestos, hace estudios y busca recursos; la curia solo mira.

De nuevo, en vez de gratitud y trabajo en equipo y reconocimiento por quienes apoyan la causa, la respuesta de los representantes de la Iglesia para el pueblo es apenas desgano, ingratitud y displicencia.

Dicen algunos socorranos: «La catedral es una extensión material de la comunidad, así como la música o la literatura son extensiones del espíritu»; «El reconocimiento justo al trabajo en pro de la restauración lo tenemos todos los demás socorranos; estamos mal de representantes políticos y eclesiásticos, pero ellos ni son socorranos ni son permanentes; nosotros sí»; «... este no es un asunto exclusivo de la diócesis, de la curia o del párroco de turno, sino de todos los socorranos, que reconocen en ella no solo un recinto religioso, sino un monumento histórico, un ícono de la identidad socorrana y un baluarte turístico».

Es triste que la gente todavía no haya aprendido nada. La pandemia nos está dejando regresar a una normalidad cambiada, pero la humanidad no cambia; la Iglesia, menos: intenta verse en el mundo moderno, pero sus ideas siguen siendo las mismas, la de crecer y multiplicarse, la de prosélitos esclavos y pecadores cuya única posibilidad de salvación ha de ser el tributo a manos llenas.

«El cura se olvida de que fue sacristán» y la Iglesia nada que mejora. Debiera, cuando menos, haber aprendido a dar las gracias; pero ni eso. ¡Prelados estos!, como diría Cantinflas.

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