lunes 15 de febrero de 2021 - 12:00 AM

Mis maestros, los estudiantes

Es un acuerdo tácito: el profesor le pone buenas notas por trabajos que todos saben que el estudiante no hizo, y este le pone buenas notas en la evaluación docente. Todos felices.
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Columna de
Puno Ardila

A lo largo de mi vida como docente, desde hace ya muchos años, he aprendido de los estudiantes muchas cosas, y de ellos he recibido gratos obsequios, especialmente su energía, su buena energía, y no solo por su corta edad, puesto que en diversas ocasiones yo era más joven que ellos, pero su fuerza de grupo siempre me enriquecía.

Hoy muchos de mis antiguos estudiantes son, con mucho orgullo de mi parte, mis maestros, y algunos de ellos, felizmente, mis amigos. Pero el motivo de este texto se refiere a otra clase de enseñanzas, esas que antes me ponían a hervir la sangre, pero hoy me causan otro tipo de sensaciones y sentimientos: sonrojo, extrañeza, sorpresa (ya casi no), risa... y también indignación, claro.

Uno de ellos me enseñó que no es necesario tomar apuntes en clase, porque el día del examen todo se resuelve pegando la pregunta en Google, y de inmediato aparece la respuesta. Ni es necesario leer, porque todo está en internet, desde ese análisis del Quijote, que les pidió algún profesor que tampoco leyó jamás a Cervantes, hasta el ensayo que sea, que también le pidió algún otro profesor, que jamás en su vida ha escrito un ensayo que pueda ponerles de ejemplo.

Todo está en internet. El estudiante descarga, imprime y entrega. Ni el estudiante sabe qué entregó, ni el profesor sabe qué le entregaron. Es un acuerdo tácito: el profesor le pone buenas notas por trabajos que todos saben que el estudiante no hizo, y este le pone buenas notas en la evaluación docente. Todos felices.

Pelear contra tanta ignorancia, social y académica, es muy difícil, y, como digo, los estudiantes me han enseñado que una sola golondrina no hace verano (aunque sé —por suerte— que no soy el único consciente del pésimo sistema educativo, y tal vez, y ojalá, cada día somos más), y me enseñaron que en vez de una gastritis es mejor causarse una sonrisa. Por mis estudiantes he aprendido a cambiar esa indignación, y la sorpresa, y la extrañeza, por la risa; definitivamente, la única y la más sana alternativa.

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