lunes 06 de enero de 2020 - 12:00 AM

Política funeraria

a pesar del respaldo que da el seguro exequial, y que podría ser una completa maravilla, hay que enfrentar el negocio real de las funerarias, que viven de las muertes ajenas
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Columna de
Puno Ardila

Hemos perdido a diez miembros de la familia en menos de dos años. Dolores grandes y heridas que no cierran, no solo por la sucesión y la frecuencia, sino por el enorme vacío que queda. Algo de consuelo trae que sus muertes fueron de forma natural, y no, con semejante barbarie que envuelve al país, que hayan sido causadas por la violencia. Y deja consuelo también —mucho— el hecho de sentirse acompañado en esos momentos terribles por amigos del alma y por miembros de la familia, aunque algunos de ellos no aparezcan ni para estas ni para fiestas. Pero consuela, en verdad, saber con quiénes se cuenta en la vida y en la muerte.

El desconsuelo viene de otra parte, cuando, a pesar del respaldo que da el seguro exequial, y que podría ser una completa maravilla, hay que enfrentar el negocio real de las funerarias, que viven de las muertes ajenas, con mucho señorío y decencia, pero es un negocio; es la verdad.

Por ejemplo, el plan funerario incluye un ataúd, que ellos llaman “caja”; que cuando llega el momento difícil de ocuparse de estas circunstancias, el dependiente ofrece solo dos o tres opciones terribles, de colores nauseabundos y pintura de quinta, porque dizque “es lo que ofrece el plan”; es decir, lo peor que tienen en la bodega.

—¿No hay otra alternativa? —pregunta el deudo.

—Por supuesto que sí —responde el dependiente—, pero si quiere esta otra, lacada y de mejor madera, debe agregar un milloncito más.

—¿Y, cómo así —pregunta el deudo (que en estos casos viene siendo como el representante vivo del verdadero cliente)—, acaso la caja no se reutiliza después de que sea incinerado el muerto?

—Uy, no, no, no —se espanta el dependiente—, la caja se descarta después del crematorio.

—Pues si nos cuesta un milloncito más, solo por dos días, porque es de noble caoba y no de guacharaco, nosotros queremos llevarnos el ataúd para utilizar la madera.

—Uy, no, no, no —se espanta de nuevo—, la caja queda aquí, y nosotros nos ocupamos de ella: esa es la política de la compañía.

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