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Rafael Gutierrez Solano
Jueves 24 de mayo de 2012 - 12:00 AM

Ilegalidad y complicidad

Publicado por: Rafael Gutierrez Solano

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Los dos conceptos han ido de la mano en una sociedad donde sus niveles de aceptación han llegado a rayar en lo vergonzoso. La corrupción que acaba con todo, sobre la que se opina mucho y se progresa poco, va en aumento por la falta de cultura de esta sociedad a la que le agrada convivir con lo corrupto e ilegal. Son múltiples las denuncias a diario por diversos medios de comunicación, sin conocerse los resultados de las investigaciones y el castigo a los responsables. Basta con salir a la calle para constatar la cantidad de contravenciones, infracciones y en algunos casos de conductas punibles que la ciudadanía de manera cómplice pasa desapercibida para “no complicarse la vida”. En verdad existe una conspiración contra la vida decente, producto de una malsana mentalidad que prohija lo irregular con tal de lograr lucro o beneficio, sin importar avasallar al que se oponga.

El lastre de la complicidad que a manera de INRI permea a los ciudadanos, debe hacernos recordarnos que se puede ser cómplice por acción u omisión. En el primer caso, la persona es parte activa en el delito o contravención; en el segundo, el no hacer nada para impedir el daño lo transforma en cómplice, debido a que esa actitud, es aceptación tácita de un accionar doloso o mal intencionado. Este fenómeno reprochable tiene sus raíces en la filosofía del “Do ut des”, doy y das, que tanto entusiasta seguidor tiene en este país. En lenguaje común: si usted calla lo mío, yo callo lo suyo y así con todo, en una cadena interminable de complicidad y tolerancia. Lo ilegal y la complicidad no solamente afecta el ámbito del público, también logró llegar a lo privado, sector éste que hasta hace unos años mostraba a sus representantes como paladines de la transparencia y rectitud.

¿Por qué se ha llegado a esta lamentable situación y muchos de los líderes de ambos sectores están siendo cuestionados, investigados o procesados? En unos casos porque los timoratos no denuncian, son cómplices de sus tropelías y en otros porque quienes integran las juntas o consejos directivos de entes que han tenido gran tradición carecen de carácter y entereza para desenmascararlos. La pérdida del sentido del interés general y de la idea del bien común, favorece la construcción de proyectos de vida egoísta, situándose en los dos extremos que explican la corrupción: el dinero y el poder. Quienes los disfrutan, por lo general los poderosos, no les ocurre nada; la sociedad los ensalza y después nos lo receta como líderes. ¡Qué decadencia!

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