Publicado por: Rafael Gutierrez Solano
En un breve cuento escrito por Manuel Vicent que aparece en la obra de Ernesto Garzón Valdés, “Derecho, Ética y Política”, se fijan los límites de la tolerancia de un padre dispuesto a soportar los hábitos de sus hijos, no obstante la aversión que aquellos provocaban en su sensibilidad de izquierdista moderado, con residuos de herencia burguesa. En aras del libre desarrollo de la personalidad y del diálogo abierto, toleró durante años que “la alcoba de su hija se llenara con una panda de amigos que traían una calaña bastante atroz.
No era lo peor que pasaran por delante de sus narices y que no dignaran saludarle, sino el olor a cabra que dejan en la sala. Que no se limpiaran las botas en la alfombra, que se abatieran sobre las estanterías y manosearan sus libros con las uñas sucias, que se bebieran el whisky y que mearan sin tirar la cadena”.
Todo esto estaba dispuesto a tolerar, hasta que el 14 de mayo de 1980, “su hija salió de la leonera con el pelo grasiento y los dedos amarillos de nicotina, cruzó la sala se dirigió a la biblioteca con la pretensión de llevar a sus compinches la Sinfonía número cuarenta de Mozart”.
La tolerancia había llegado a su límite: “El padre (…) saltó del sillón impulsado por un muelle y lanzó un grito estentóreo: ¡¡¡ Mozart, no!!! No pongas tus sucias manos sobre Mozart!!!
No habría mayor inconveniente en sostener que por lo menos hasta el “incidente Mozart”, el personaje de Vicent es un hombre tolerante. Pero existe diferencia entre tolerar y soportar. Todos tenemos que soportar varias cosas que preferiríamos eliminar. Nos gustaría librarnos del envejecimiento, de la enfermedad, de los ruidos, de personas indeseables, de la contaminación ambiental, etc.
Sin embargo nos vemos obligados a aceptar las limitaciones naturales, insuperables para nosotros. La naturaleza no es tolerante. Pero si nosotros con nuestra actitud impedimos que afecten nuestro entorno conductas intolerantes, debemos procurar todos los medios para evitarlas o corregirlas, siempre que la corrección no llegue demasiado tarde. Preguntémonos si en muchas oportunidades no hemos reflexionado sobre el grado de responsabilidad que nos cabe por haber permitido que la beligerancia le haya tomada la delantera a la tolerancia; la arrogancia a la conciliación.
Arribaremos a la conclusión de que eso ha ocurrido en múltiples oportunidades, porque no hemos aplicado los correctivos inmediatos para impedir que la intolerancia termine en la agresión. No será que esto está ocurriendo a nivel de grandes hombres públicos, generando mal ejemplo ciudadano?









