Publicado por: Rafael Gutierrez Solano
En un país donde el tema cultural, la formación académica y lo intelectual es mirado de
soslayo por buena parte de la sociedad, debido a la falta de apoyo del Estado a un área definitiva para el progreso, el que surja un personaje de las dimensiones de Nicolás Gómez Dávila es un hecho que debe ser motivo de orgullo para sus paisanos, así no compartan sus ideas, todas ellas condensadas en lo que él denominó Escolios. Se cumplen 100 años del nacimiento de este colombiano ilustre, que gozando de una gran formación, de bienes de fortuna, de abolengo, de unas exquisitas relaciones familiares que le permitían dedicarse a otros menesteres, desistió de todo ello y se encerró a muy temprana edad en la biblioteca de su mansión en Bogotá a estudiar los grandes clásicos, aprender idiomas para leer en sus textos originales a sus escritores favoritos y a seleccionar en breves frases sus pensamientos acerca de la política, la religión, la poesía, la historia, el arte, la ética, la estética, etc.
Gómez Dávila murió en 1994 y fue leído y admirado primero en Europa que en Colombia. Sus ideas fueron valoradas y estimadas a nivel de las de Nietzsche, Montaigne, Cioran, La Rochefoucauld, Chateubriand, etc., por pensadores contemporáneos de Alemania, Austria e Italia, quienes las han difundido por décadas en sus cátedras, foros y escenarios internacionales de grandes estudiosos de la cultura occidental. Quizás por su espíritu selecto y exquisito fue catalogado por algunos como “el buen odioso”. Otros tienen una imagen diferente, como el columnista de El Tiempo Juan Esteban Constain, quien piensa que se trata de: “un pensador solitario y rebelde, que hizo de su estilo y sus ideas el mayor acto de insubordinación contra los dogmas y las necedades de su tiempo, de izquierda a derecha... “. Me confieso también su admirador, en particular, porque tuvo el privilegio de su independencia para opinar sin restricciones, sin que nadie le colocara cortapisas a sus pensamientos, salvo las sugerencias de su exclusivo círculo de amigos.
He ahí lo ideal para pensar y escribir: hacerlo sin limitaciones.









