jueves 11 de julio de 2019 - 12:00 AM

Autoridad, disciplina y orden

Tenemos la sensación como ciudadanos de que no hay un liderazgo que haga efectiva la autoridad, la disciplina y el orden, ni siquiera desde la cúpula del poder

Para hacer efectivo en la práctica este postulado -en épocas pretéritas de nuestra historia, un blasón- no es necesario insinuar o abogar como solución para lograr la estabilidad y tranquilidad en sociedades como esta, la instauración de una dictadura, sea de uno u otro credo político. Entendemos y concluimos sin mayor esfuerzo que estamos transitando tanta desazón e incertidumbre, que lo único que nos salva del abismo colectivo o la aproximación a desastres como el venezolano, es el manejo efectivo de la autoridad que logre a través de la disciplina, imponer el orden, en los comportamientos ciudadanos.

Esta época de total y vulgar desajuste, con reiteradas conductas proclives al delito, tanto en lo social como en lo político y económico nos muestran un mapa bastante deprimente. Si revisamos los escenarios antes mencionados, no hay sectores o espacios de vida en Colombia que no hayan sido asaltados por el desorden. Por ende, a los que no los persuade la razón y las leyes, los tendrá que convencer la autoridad, porque ella tiene el derecho y la fuerza legítima de ordenar. No es dado admitir que siendo esta una solución práctica se pongan en tela de juicio las facultades del superior que manda, salvo que se incurra en excesos o arbitrariedades.

Tolerar mantener el orden con el desorden es inadmisible. Estamos viviendo y padeciendo una cotidianidad donde se palpa el deprimente espectáculo de que los peores, que son los menos, se revuelven frenéticamente contra los mejores, que son los más. A diario tenemos la sensación como ciudadanos de que no hay un liderazgo que haga efectiva la autoridad, la disciplina y el orden, ni siquiera desde la cúpula del poder que es a donde supuestamente se arriba para hacer cumplir estos preceptos o mandatos populares. Pareciera que esos momentos de efervescencia y calor, que nuestro prócer José Acevedo y Gómez invocó en su oportunidad, han quedado como registro histórico, y tendremos que consolarnos con una de las Rimas del poeta sevillano Gustavo Adolfo Bécquer cuando dijo: “... tengo miedo a quedarme con mi dolor a solas...”.

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