jueves 12 de septiembre de 2019 - 12:00 AM

Ciudad y urbanismo

De seguir transitando por este camino de destrucción, nuestros hijos y nietos jamás se enterarán de que hubo una metrópoli que muchos gozaron, pero que ahora ellos tendrán que padecer.
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Como muchos de los lectores de Vanguardia he seguido con especial detenimiento las crónicas presentadas los domingos y tituladas “Bucaramanga del Ayer”, donde nos recuerdan que no sólo el paso del tiempo, los nuevos criterios para promover el llamado avance urbanístico de esta ciudad, y por supuesto las administraciones públicas que han avalado la transformación de Bucaramanga, han incidido de forma desordenada y anti todo en el “progreso” arquitectónico de esta capital, cuando nos enfrentamos a diario con un panorama irreversible e irrecuperable, que nos muestra cómo no ha habido un desarrollo armónico, racional y humano de la ciudad.

En el último de estos informes sobre “El Café Inglés”, utilizando un lenguaje sencillo y comprensible, se nos alerta sobre lo trascendente y bello de este lugar, de una época dorada, con una cultura, unos comportamientos y estilos personales que ya no existen. El periodista Euclides Kilo Ardila lo recrea así: “El Café Inglés, como otros sitios emblemáticos de la otrora Bucaramanga, desapareció porque la ciudad comenzó a transformarse y debía tener un nuevo aire en manera urbanística... Hoy el que predomina es el ‘Café Internet’; es el concepto de un café en el que la gente ya no comparte, sino que se aísla del paso de la cotidianidad”. Qué lamentable lo que ha ocurrido, y lo que seguirá...

Agrego a lo dicho por este profesional, que no se ha ejercido un “desarrollo sostenible” en lo urbano, porque el afán de lucro, la filosofía del arrasamiento, el desprecio por nuestra memoria histórica y la evidente ignorancia de quienes han manejado la planeación en la región, se ha traducido en un escenario patético y lánguido, donde se privilegió el cemento y el ladrillo -casi nada de estética y paisaje verde-, sepultándose lo que en el pasado fue una urbe con claros rasgos europeos, diseñada así por hombres visionarios ya desaparecidos, reemplazados por simples negociantes a quienes poco les ha importado defender nuestro patrimonio. De seguir transitando por este camino de destrucción, nuestros hijos y nietos jamás se enterarán de que hubo una metrópoli que muchos gozaron, pero que ahora ellos tendrán que padecer.

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