jueves 13 de noviembre de 2008 - 10:00 AM

Cultura ciudadana

Se necesita poseer formación y valores muy acendrados para resistir las tentaciones de quienes invitan a miles de ciudadanos a enriquecerse, depositando su confianza y sus ahorros en empresas de papel que después desaparecen como por encanto.

Resulta a todas luces desconcertante comprobar la ingenuidad de personas que aún creen en proyectos donde se exhiben portafolios de rentabilidad que rayan en lo utópico. Estos incautos clientes no sólo han entregado sus dineros, al parecer logrados con gran esfuerzo, sino que han acudido a préstamos para cumplir los pagos o cuotas que les exigen.

¿Cómo es posible que gentes que durante toda su vida se han ganado el pan con el sudor de su frente; que han hecho del trabajo un apostolado o un desempeño público eficiente o que han llegado a la vejez en busca de tranquilidad y sosiego con unos recursos suficientes para lograrlo, se dejen 'despeñar', cambiando una situación de modesta comodidad por la ruina? Ya hasta el propio Vicepresidente de la República llamó la atención sobre este asunto, esgrimiendo la idea de que las personas no deben nutrir las arcas de esquilmadores de oficio, que se alzan con el santo y la limosna, y nadie vuelve a saber de su paradero y mucho menos del destino de sus dineros.

Este panorama se identifica con una falta evidente de cultura ciudadana, que por no adquirirse en época temprana, no se puede improvisar o aprender de grande. Hay que entender que el dinero es un buen servidor pero un mal amo. Nadie puede en el último momento pretender enriquecerse arriesgando su patrimonio, sin que lo que le ofrezcan tenga asidero serio y buen respaldo. Como en la ruleta rusa: quienes se dejan seducir por esa apuesta, están rifando su vida con altas probabilidades de perderla.

Pero para infortunio de miles de personas, no quieren hacer caso de las advertencias que las mismas autoridades públicas han esgrimido en múltiples oportunidades. Van como recuas de ganado complacidas al sacrificio. Recuerdo una frase de mi abuela Beatriz a propósito del tema: el que por su gusto muere, la muerte le sabe a dulce.

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