jueves 26 de noviembre de 2009 - 10:00 AM

Cultura política

Entre la cultura de la sociedad y las instituciones de la política hay una relación dialéctica. En efecto, la comunidad es la institucionalización de la confianza y la función esencial de las autoridades públicas se traduce en la permanente necesidad de acrecentar la confianza mutua que debe existir en lo más íntimo del conjunto social. A contrario sensu, la falta de confianza en la cultura de la sociedad genera graves obstáculos para la creación de instituciones públicas.

Vemos como las sociedades carentes de un gobierno estable y eficaz, acusan deficiencias notorias en lo referente a la confianza mutua entre sus ciudadanos, a la lealtad hacia los intereses nacionales y públicos, y a sus aptitudes y capacidad de organización. Es más, se sostiene que culturas que tienen esa identidad están marcadas por la sospecha, los celos y la hostilidad latente o manifiesta contra cualquiera que no sea miembro de la familia, haga parte del municipio o sea de la región. Estas características se advierten en culturas como la nuestra y particularmente en América Latina donde son evidentes las tradiciones de individualismo egocéntrico y de odio y desconfianza hacia otros grupo sociales. El libertador Simón Bolívar se lamentaba en alguna ocasión cuando decía que, 'no hay buena fe en América, ya sea entre los hombres o entre las naciones. Los tratados son papeles, las constituciones libros, las elecciones batallas, la libertad anarquía y la vida un tormento. Lo único que se pude hacer en América es emigrar'. No está ausente de la realidad nuestra, este pensamiento. A diario observamos como la desconfianza y falta de elaboración que conforman el clima político del país tienen relación directa con una muy baja consideración por la capacidad del hombre para la solidaridad y el consenso. La posibilidad de superar la atmósfera predominante de ansiedad y suspicacia por medio de la confianza recíproca, no se avizora en el horizonte. A manera de ejemplo, en esta sociedad existe gran preocupación por los evidentes roces entre los poderes públicos, en particular entre el Ejecutivo y el Judicial, donde inclusive se ha llegado a los agravios personajes.

La gente es y puede ser leal a las cosas que tiene más cerca pero no a las instituciones que son la base del Estado. Estas sociedades políticamente atrasadas, carentes de un sentido de comunidad política, dan por hecho que cada dirigente, cada individuo, cada grupo, persigue sus propios objetivos a corto plazo, y se supone que así debe hacerlo, sin consideración alguna por un interés público más amplio. La falta de asociación es característica de las sociedades cuya política es confusa y caótica, esto genera un vacío que hace difícil la democracia y que identifica el lento desarrollo económico. Por ello es válida la afirmación del analista político de la Universidad de Princeton, Lucien Pye, cuando afirma que los problemas de desarrollo y modernización tienen sus raíces en la necesidad de crear organizaciones más eficaces y racionalizadas, pero flexibles.

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