jueves 25 de junio de 2009 - 10:00 AM

De la autoridad

Sobre este tema se escribe a diario en múltiples publicaciones, se realizan diversas investigaciones en centros académicos y es asunto de especial trascendencia en el cuestionamiento que se hace a los regímenes políticos. Quizás la inquietud puede surgir al interrogarnos por qué resulta tan atractivo insistir sobre ello y cuestionar su efectividad.

La explicación puede resultar más sencilla de lo que se cree: porque no se ejerce como debe ser, por los que tienen el deber y la obligación de aplicarla. Estas sociedades del Tercer Mundo son proclives al desorden y la indisciplina; sus gentes en buena parte patrocinan el desconocimiento del poder legítimo en cualquier área donde se busque aplicar la autoridad. Es mas, a algunos se les nota el gusto de sentirse involucrados en esas actividades.

Revisemos lo cotidiano y atendamos por un momento las informaciones de los medios, para comprobar que ya se ha vuelto 'de recibo', todo tipo de protestas y manifestaciones de inconformidad que incluyen conductas arbitrarias como tomas de edificios públicos, asaltos de iglesias y parques públicos y en otros casos los centres educativos o lugares de esparcimiento, hasta las propiedades privadas, etc. Frente a tales desmanes que hace la autoridad legítimamente constituida?.

Esperar a que esos entuertos se deshagan como se hicieron. Es decir, son meros espectadores de situaciones de hecho, de comportamientos abusivos y de pésimos ejemplos anti-cívicos, en varias ocasiones acompañados de actos vandálicos. Ante tal indiferencia podemos recordar el romancero español cuando afirmaba: '...que se fizo el rey don Juan, los infantes de Aragón que se ficieron'.

A posteriori, cuando se realiza el balance de los logros por quienes promovieron tales conductas, se arriba a la conclusión de su pobreza y de lo inútil de tomar la autoridad por mano propia, obviando el conducto regular que todo ciudadano debe agotar para sus reclamaciones. Desafortunadamente al que no persuade la experiencia y la razón, no lo convence la autoridad.

Es entonces cuando los que defendernos y abogamos por el orden y la autoridad, exigimos que nuestros gobernantes tengan presente que las autoridades son legitimas cuando sirven el bien; cesan de serlo, al cesar de servirlo. 

 

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