jueves 16 de julio de 2009 - 10:00 AM

De las leyes

En las sociedades primitivas la convivencia estaba regulada solo por las costumbres y las creencias, lo que conducía a que sus miembros se hicieran justicia mediante la venganza, la Ley del Talión. Los agravios también se compensaban con indemnización y las disputas se dirimían con ordalías.

Con el paso de los años, las comunidades fueron progresando y necesitando leyes, códigos de conducta jerarquizados que regularan los derechos y deberes de cada uno, para asegurar el orden general. Solo la ley escrita puede ser conocida con certeza e invocada como garantía de nuestros derechos o como medida de las obligaciones.

Colombia es un país de leyes. En esta nación hay leyes para todo y para todos. Con una sociedad tan compleja, desequilibrada y violenta como la nuestra, cualquiera supone que nuestras leyes están hechas para disuadir a los delincuentes y que los jueces disponen de los mecanismos para aplicarlas con independencia y autonomía, acabando la mordaza de la impunidad. Pero ¿qué ocurre? Si comparamos nuestra legislación con la de otras naciones, en particular la que se ocupa de enfrentar el crimen, nuestras normas son muy permisivas, contemplan muchas ventajas y consideraciones para los delincuentes que éstos nunca han tenido con la sociedad. En esas condiciones se puede pensar que con estas normas no se desestimula el delito y puede convertirse en algo atractivo.

Los legisladores deben entender que al maleante no le interesa el orden, viven del desorden, procuran sembrar la discordia y fomentar la inconformidad. Para lograr sus propósitos acuden a la amenaza y la intimidación, buscan imponer su 'ética delictiva'. Las naciones no se deben dejar apabullar de los criminales, pues terminan condenadas a vivir en la indignidad y sometidas por estos individuos que carecen de ideas y proyectos para mejorar la sociedad.

Cuando arrecia la delincuencia es claro que los delincuentes entienden que las instituciones publicas son débiles, pues no hay mecanismos para someterlos bajo el peso de la ley. Este es uno de los más graves problemas que tenemos por solucionar. En toda comunidad quienes tienen a su cargo imponer la autoridad y el orden, no deben hacerle el quite a la ley, so pretexto de lograr unas efímeras parcelas de tranquilidad. Hay que enfrentar con valor y decisión a los malhechores, si no queremos sucumbir a su maldad. 'Los débiles sucumben no solo por serlo, sino por ignorar lo que son'. Lo mismo le sucede a los países. 

 

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