jueves 18 de junio de 2009 - 10:00 AM

Decadencia humana

Con todas las posibilidades de formación cultural que hoy le ofrece el mundo al hombre para ser mejor, se presume que los estadios de salvajismo y barbarie han sido superados; es más, quisiéramos creer que estamos disfrutando de una etapa civilizada donde se han estrechado las relaciones familiares e interpersonales, y así acercarnos a lo que enseña el Génesis I, 27: '...y creó Dios al hombre a su imagen'. 

Pero la realidad de la vida que enfrentamos, a veces nos sorprende y desconcierta con escenarios de dolor que superan lo cotidiano y nos fuerza a repasar la idea de que se ha regresado al salvajismo sin ningún pudor, pues en lo más recóndito del alma de algunos seres hay espacio para la maldad en límites insospechados. Cuando se atenta contra seres inermes, incapaces de reaccionar ante una vil agresión, sin preparación para enfrentar un mundo hostil y esos seres son niños, el panorama social regresa a la época primaria.

Aun cuando la violencia es una constante nuestra y en términos generales se mira con indiferencia, por fortuna la comunidad se ha sensibilizado con los infantes.

Quien descarga sus pasiones o sus odios contra un niño es un cobarde y el cobarde por lo general es cruel.

Es un delincuente en potencia que ha hecho del maltrato infantil una conducta crónica en el país, la cual no se ha enfrentado con toda la contundencia legal que hecho tan abominable amerita.  Cabe traer a colación la frase que el filósofo inglés Tomas Hobbes llevó a su tratado De Homine, que se le atribuye al latino Plauto:'...homo homini lupus...'. El hombre es lobo para los demás hombres.

La peor derrota del hombre es cuando mancha sus manos con la sangre de los inocentes, es la antesala de la ruina de una sociedad, si el agresor no recibe el condigno castigo.

La decadencia así definida se identifica con un aparte del libro de Chateaubriand, Los Mártires del Cristianismo, donde refiere en uno de sus apartes, que después de un espectáculo circense, en el cual habían perecido varios cristianos bajo las garras de las fieras, un rayo fulminó las estatuas de los dioses que allí se alzaban, en tanto oíase una voz que decía: 'Les dieux s’en vont'. 

Los dioses se van. Esperamos no estar llegando a este punto de no retorno que aún para los criminales debe tener su medida, sobre todo en tratándose de la vida intocable de los niños.

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