jueves 14 de septiembre de 2023 - 12:00 AM

Rafael Gutierrez Solano

Gobierno y gobernados

La política en términos generales es el arte de gobernarse los unos a los otros. Si dentro de ese heterogéneo grupo emerge uno que aglomere las mayorías no solo gobernará sobre los demás, sino que será el punto de referencia para establecer que tan buen gobernante es. Ese liderazgo que se busca con afán, casi con desespero morboso en algunos casos, tiene su costo. El escritor inglés Oscar Wilde afirmaba que hay dos tragedias en la vida del hombre: “no conseguir lo que se anhela, y otra, conseguirlo”. El poder es la pasión de dominar. Casi una enfermedad del espíritu humano. Vemos a diario que el hombre no ceja en el empeño de lograrlo. Pero transcurrido un tiempo, el que gobierna para bien o para mal de una sociedad, enfrenta un desgaste más temprano o más tarde en su gestión. Depende de la capacidad de hacer, porque a los cargos de elección se llega prometiendo hacer diferentes cosas, un número significativo de las cuales a posteriori son incumplidas.

Vienen entonces los cuestionamientos sobre su ejercicio y surgen crudas realidades hasta ahora irrefutables: a estas comunidades les mienten y los individuos no aprenden. La consecuencia de lo anterior es que buena parte de los ciudadanos tienen espíritu anárquico, no les interesa el gobierno, sus dirigentes, sus representantes ni la autoridad. Como los han regido mal durante considerables años, cunde el escepticismo. Los ideales del gobernado se identifican en todos los pueblos, son muy similares al punto que muchos sostienen frente al dignatario de turno, que es mejor que mande mal, pero que mande. El vacío de poder en estas sociedades es la crítica más dura con la que se puede calificar a un mandatario ¿será lo que está ocurriendo por estas épocas en Colombia, donde el gobierno parece errático y sin claro horizonte?

Al final de la jornada del gobernante nos preguntamos cómo después de tantos deseos de mandar y sentirse poderosos, a la postre los que lo logran, buscan volver a la rutina del vivir, en algunas ocasiones hasta la clandestinidad.

Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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