jueves 17 de septiembre de 2020 - 12:00 AM

La democracia: ¿tiene futuro?

Que el pueblo ame a sus líderes cuando asumen el poder, o que los extrañen cuando mueren, parece razonable, pero que los sigan siendo sus conductas deshonrosas o se les hagan imputaciones graves es un asunto inexplicable.
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Recordando al profesor Norberto Bobbio en sus apuntaciones sobre el futuro de la democracia, comparto sus sentimientos cuando afirma que en el mundo actual, ésta no goza de óptima salud. En efecto, concebir las democracias contemporáneas en términos de madurez y auto-realización del individuo es ubicarse en el plano de lo ideal. Creer que cada cual responde a las obligaciones que tiene no solamente con sus líderes y la sociedad, sino también consigo mismo es mera especulación.

Observen lo que ocurre en estos momentos en los Estados Unidos y arribarán a las anteriores conclusiones, por cuenta de las actitudes del señor Donald Trump quien a pocos meses de las elecciones presidenciales en su país, está invitando a desconocer lo que han sido fortalezas de la democracia americana por excelencia. Grave precedente. En la práctica las predicciones de Alexis de Tocqueville parecen muy acertadas: “Trátase de rebaños de animales tímidos e industriosos cuyo pastor es el gobierno, un gobierno que podría parecerse al poder paterno, si como aquel tuviera como objeto preparar a los hombres para su edad viril, pero todo lo contrario, busca fijarlos irrevocablemente en su infancia”.

De aquí que la palabra Democracia no sea más que un fenómeno encubridor de una realidad política que requiere de la pasividad de todos los que están bajo su imperio. No hablamos solamente de indiferencia política, ni de apolitismo, ni de despolitización del quehacer humano, estamos haciendo alusión a una experiencia histórica bastante curiosa ya que lleva la marca del analfabetismo político. En regímenes como el nuestro no hay escuelas de formación política, entre otras razones porque los partidos desaparecieron.

Entonces encuentra explicación que ciertos programas estructurados como plataformas de gobierno para promover candidaturas, movilicen pueblo, pero a posteriori no se cumplan. Primero son anzuelo, y luego un engaño. Es comprensible entender por qué las gentes protestan cuando las circunstancias políticas y sociales no satisfacen sus anhelos. Que el pueblo ame a sus líderes cuando asumen el poder, o que los extrañen cuando mueren, parece razonable, pero que los sigan siendo sus conductas deshonrosas o se les hagan imputaciones graves es un asunto inexplicable.

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