jueves 09 de mayo de 2019 - 12:00 AM

La santandereanidad

La saga nefasta de quienes insisten en manejar lo nuestro continuará, si seguimos creyendo en sus proyectos irrealizables

La historia de Santander tiene una connotación trascendente, pues el Estado Soberano y el Departamento han contribuido por varios siglos a forjar el ideario nacional como artífices de la República de Colombia.

Desde la conquista española, esta región, habitada por indígenas, mezcló su raza surgiendo una genética indo-europea, que fijó nuestro carácter recio y sincero, laborioso y emprendedor, surgiendo los primeros brotes de la independencia nacional, encendida con la llama de la Revolución Comunera.

A partir de estos momentos, se ha construido una sociedad con un gran liderazgo en sectores como la industria, el comercio, la agricultura, avicultura, turismo, la salud, con los mejores centros médicos del país y Latinoamérica y en la formación educativa. Algo del legado de nuestros mayores y valiosos ancestros se ha cosechado para orgullo santandereano.

Ellos nos mostraron el camino correcto a seguir, los principios y valores a practicar, el pudor y la ética en la cosa pública y otras herencias sagradas que sirvieron de guía a nuestros prohombres.

Sin embargo, por estas épocas una serie de malsanos sobresaltos han afectado unas de nuestras fortalezas, la franqueza y valentía para trocarse por los acomodos y temores. Ahora sólo priman los intereses tanto en lo público como en lo privado. Han entrado en la penumbra valores que antaño fueron ejemplo y base de nuestra hidalguía: el culto por la verdad, el afán de admiración, la fe en las creencias firmes, la exaltación de ideales, es decir, todo lo que es creíble y digno.

Hoy no podemos afirmar a cabalidad que buena parte de las personas que integran este Departamento tengan convicciones firmes, principios acendrados y pulcros, porque han sido permeadas por un cúmulo de comportamientos deleznables y corruptos que nos muestran que el manejo del poder se mueve en dos mundos: el de las apariencias, visible, y el de los manejos reales, camuflado. La saga nefasta de quienes insisten en manejar lo nuestro continuará, si seguimos creyendo en sus proyectos irrealizables, en sus falsos acercamientos a la población y en sus tramposas promesas. La confianza se perdió y la duda ha asumido un papel preponderante.

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