jueves 15 de abril de 2010 - 10:00 AM

La venganza

El dramaturgo inglés William Shakespeare recreó en su obra literaria, los caracteres de la condición humana: el amor, la envidia, la ambición, en general, las pasiones de hombre. Hamlet, uno de sus textos cumbre, refleja no sólo lo anterior sino una de las facetas más crueles del hombre: el afán de venganza. El rey de Dinamarca es asesinado y pide a su hijo el príncipe que lo vengue, propósito que logra fingiéndose loco, pero el protagonista también muere. 

Lo que en la obra se desarrolla no está alejado de lo cotidiano, basta con observar el diario transcurrir y el cúmulo de noticias que nos invaden para confirmar que hoy el hombre cualquiera sea su condición, de algo quiere vengarse.

Quizás el ambiente social que agobia a muchas personas, cargado de inequidades y contradicciones, colabora a desquiciar el pensamiento de muchos de sus integrantes que dedican tiempo y mente a construir escenarios para descargar su animosidad u odios guardados. Pocos perdonan o toleran, por lo general se busca el desagravio por mano propia o buscando intermediarios. A los poderosos no se les excusa el éxito, se maquinan conspiraciones para socavar sus imperios de riqueza prevalidos de una frase que se le atribuye a San Juan Crisóstomo: 'el rico es un bandido'. A otro nivel de medianías, las retaliaciones buscan colocar en tela de juicio el nombre y prestigio de las personas para desplazarlos de los lugares que ocupan y así lograr posiciones burocráticas o de las otras (sociales, religiosas, política, etc.).

En el ámbito de los comunes y corrientes, lo más cómodo es la ley del Talión, ojo por ojo y diente por diente.  Se encuentra consignada en Éxodo, XXI, 24, y continúa en el versículo siguiente. Pero además en Levítico, XXIV, 20, se añade: 'cual fuere el mal que hubiere hecho, tal se le obligará a sufrir'. A hora que estamos en plena campaña electoral, recordemos que en el año 400 A.C., un regular poeta, Melito, acusó a Sócrates de corrupción de menores y adoración de divinidades extrañas, acusación que no dudó en recoger Anito, celoso demócrata reconocido en Atenas.  Tal conspiración llevó a Sócrates a beber la cicuta, pero el trasfondo era político, pues el partido popular no gustaba de las simpatías del filósofo con la oligarquía y sus relaciones estrechas con los jefes del partido aristocrático. Primaron los sentimientos de venganza de dos sujetos que pasaron a la historia por esto, pero no por la grandeza que siempre ostentará el filósofo.

 

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