jueves 06 de agosto de 2009 - 10:00 AM

!Oh tiempos¡ ¡Oh costumbres¡

Alguien afirmaba hace poco tiempo que sociedades como la nuestra no han superado aún su propia Edad Media y lo anotaba quizás pensando que hacia el final de aquella época, el tono fundamental de la vida era de una amarga melancolía. Sin embargo recordemos que superado tal periodo, el Renacimiento y la Ilustración hicieron brotar el optimismo y la alegría.

El primero fue un movimiento literario y artístico que se produjo en Europa en los Siglos XV y XVI y se fundaba principalmente en la imitación de la Antigüedad; el otro hacia el siglo XVIII se caracterizó por una gran confianza en la razón, por la crítica de las instituciones tradicionales y la difusión del saber.

Si valoramos estas etapas en la historia del hombre, encontramos en primer lugar que el gozo que produjo el rescate de la sabiduría antigua, arrancó exclamaciones de júbilo como las de Erasmo de Rotterdam y muchos intelectuales del siglo XVI: '0 saeculum juvat viviere', oh siglo, qué dicha vivir. Se lograba revivir la honradez en las costumbres, el impulso de la cultura y la ciencia y la unión de los príncipes de Europa hacia la consolidación de la paz. El anhelo de una vida bella pasa por ser el rasgo más característico del renacimiento.  

Reina en éste la más perfecta armonía en la satisfacción por la conquista de los valores supremos del hombre. Las cosas que pueden hacer de la vida un goce, a manera de enseñanza para la hora actual, siguen siendo las mismas.  Ahora como antes, son la lectura, la música, las artes plásticas, los viajes, la contemplación y disfrute de la naturaleza, la práctica del deporte, un buen vino y las personas que nos rodean.

A diferencia de lo que ocurría en la Edad Media donde reconocer el placer era en sí, pecaminoso, el Renacimiento y la Ilustración se emanciparon de esta negación, pues lo que se quería era gozar despreocupadamente la vida entera dándole gran confianza a la razón y a la difusión del saber. Si entendemos la dimensión de estas etapas y las hacemos nuestras, podemos arribar a la conclusión de que no todo está perdido si defendemos el florecimiento de estos tres elementos de la vida: el valor, el honor y el amor. 

 

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