jueves 05 de febrero de 2009 - 10:00 AM

Reflexiones

A propósito de las últimas liberaciones de secuestrados por la guerrilla, el primer escrutinio que hace la gente es en relación con la imagen física que estas personas exhiben, después de tantos años de injusto cautiverio.

En verdad, los efectos o la mella que en sus organismos hace el secuestro es innegable y conmueve a todos; es la muestra palpable de una tortura de mucho tiempo que en más de una oportunidad ha culminado con la muerte, pues no todos pueden afrontar tal sufrimiento. Pero lo destacable de su parte, es una lección de vida que nos dan y que amerita una valoración especial y una conclusión elemental: No hay nada como vivir, sea como sea y cueste lo que cueste.

A pesar de las vicisitudes que nos depara el destino, la vida vale la pena.  En sus epístolas a Lucilio, el filósofo hispano-latino Séneca, le decía: 'Apresúrate, pues, querido Lucilio a vivir, y ten cada uno de los días por otras tantas vidas..'. De ese botín de tan alto precio, se aprovechan los delincuentes para conseguir sus insanos propósitos.

El otro aspecto, que casi en forma simultánea y a veces con morbosidad se busca del liberado, son sus primeras manifestaciones de viva voz. Si usted repara con cuidado en lo que dicen, por lo general es muy similar a lo que otros ya dijeron, salvo contadas excepciones. No se necesita ser un genio para comprobarlo: Cuando se ha aislado por la fuerza a una persona de su entorno familiar y social, y se le enfrenta a un mundo salvaje e injusto, de poca comunicación verbal, ¿qué podemos pretender que nos cuente? Su proyecto de vida fue frustrado por todo ese tiempo. Sus valores y principios fueron atropellados, y privado de la libertad que es un derecho fundamental sagrado del ser humano.

Es en ese momento cuando el periodista o comunicador social debe ser ponderado, reflexivo y ecuánime en su afán de interrogar y dar la noticia, pues no resulta extraño, que abordado de una manera intempestiva, estos compatriotas sean pródigos en reclamos y señalamientos, no sólo a las autoridades, sino a la misma sociedad, que a veces no entiende su drama o sólo le interesa como espectáculo. Después de ese calvario, vamos por el respeto a esta gente valerosa. No ir mas allá de la dignidad que ellos representan en ese momento, pues se puede estar dando un mal ejemplo a la comunidad.

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