jueves 01 de octubre de 2009 - 10:00 AM

Robledales

Siendo un infante, mis padres me llevaron de vacaciones en varias oportunidades a la finca de mis padrinos Gabriel Castellanos y Victoria Ribero Barrera situada en Virolín. Aún recuerdo su clima frío, la neblina casi permanente, la pureza de su aire y en especial la madrugada cuando Cecilita su hija, me llevaba a baño al rio Violín. Algo llamó siempre mi atención y aún no se borra de mi mente: el color achocolatado del río, que aparentaba estar sucio.

Ocurre que el agua se teñía así, del tanino de los robles que copaban todos los bosques de esa paradisiaca región. Cuando se retiraban las hojas y pajas que iban por encima, el agua era cristalina, transparente y se bebía así no más. Estos recuerdos de infancia permanecen intactos y a veces en sueños anhelo que algo de esa realidad permanezca intacta. No volví hace muchos años a ese lugar, sin embargo tengo dolorosas referencias de que el panorama ha cambiado para peor. Hace pocos días un editorial de este diario hizo conocer que esa inmensa reserva forestal de casi 50.000 hectáreas ha ido desapareciendo por la tala salvaje de campesinos ignorantes, de aserradores comerciantes y por el descuido inconcebible de los municipios de esa jurisdicción, al punto que ya no queda ni la tercera parte de esos robledales. Esa circunstancia es de suma gravedad, pues se está arruinando a diario el patrimonio ecológico que nos legaron varias generaciones, sin tener como responder a los hijos y nietos de futuras generaciones. En estas épocas de sorprendentes variaciones climáticas, de temperaturas cambiantes y calentamiento global, no nos debemos extrañar que el cauce de los ríos, sus afluentes y demás caudales se hayan mermado de manera ostensible y preocupante. Para las autoridades ambientales, en qué queda el cumplimiento del artículo 111 de la ley 99 de 1993 que ordenó a los departamentos y municipios dedicar durante 15 años, apropiar un porcentaje no inferior al 1% de sus ingresos para la adquisición de áreas de interés para la conservación de los recursos hídricos?.

Quien haya contemplado la majestuosidad de un roble, su contextura hercúlea y su nivel que llega fácilmente a los 40 metros de altura, lo menos que se siente cuando uno de estos gigantes cae bajo la mano artera de los depredadores de oficio, es tristeza y vergüenza. ¡Árboles prodigiosos: cuál mente os plantó y os quiso agrupar; cuál mano infame os quiere exterminar!.

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