jueves 30 de junio de 2022 - 12:00 AM

Y el poder, ¿para qué?

Esta frase que en otras épocas ha sido objeto de valoración en diferentes etapas de nuestra historia política fue pronunciada por el maestro Dario Echandía, gran hombre probo y honesto, quien detentó los más altos honores de la Patria. Sirve como motivo de reflexión para todos aquellos que se encuentran inmersos en el agitado y confuso mundo de la política. Todos ellos, ya sean precandidatos o candidatos recorrieron el país animados por el mismo propósito: llegar al poder. Sin embargo, arribar a la cúspide de una carrera política, como puede ser lograr la Presidencia de la República, para nuestro caso, el señor Gustavo Petro, no se justifica tan extenuante tarea si no está respaldada por el deseo del cambio en las actitudes para gobernar y en las ideas que se promuevan para remediar los problemas que han golpeado a la sociedad, siempre y cuando no se desconozcan o violen los derechos fundamentales que es uno de los temores con el nuevo gobierno.

Gobernar implica un manejo integral de múltiples necesidades que agobian a la población como la seguridad, la economía, el manejo del medio ambiente y el tema más neurálgico para todos, como es el campo social. Acá es donde se han rajado la mayoría de los gobiernos. Una tasa de 10 millones de personas en la pobreza absoluta que deja este gobierno no es nada reconfortante. Quien ha sido elegido para gobernar el país, debe atender con prioridad este asunto, en especial lo social porque como decía Jorge Eliecer Gaitán “el hambre no tiene color político”. Los gobiernos no deben esperar a que los organismos de control o las Cortes del país les tiren las orejas y les llamen la atención para que atiendan a los menos favorecidos y mitiguen en parte sus problemas.

Cuando se gobierna puede ocurrir que el gobernante no toma distancia de los áulicos que buscan pelechar en el poder. Como lo sentenciaba Tácito, el gran historiador latino, “la peor especie de enemigos es la de los aduladores”. Y lo afirmaba porque de todas las monotonías la del “Sí” es la peor.

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