viernes 05 de diciembre de 2008 - 10:00 AM

Grímpolas

Congratulamos a la Sociedad de Mejoras de Bucaramanga al cumplirse 70 años de funcionamiento. Son numerosos los eminentes ciudadanos vinculados a ella, dentro de ambientes que exigieron dedicación en los prospectos, oportunidad e inteligencia, en su presentación, para no ser desautorizados por la colectividad vigilante y, por sobre todo, autoridad moral transparente en el concierto de sus propias vidas.

Varios han sido en el tiempo los espacios de la Sociedad de Mejoras, probablemente unos mejores que otros, según circunstancias propias o ajenas. No citamos personas porque no hay cómo incluir a las decenas de las involucradas en tan provechosa empresa. Seguramente adelante habrá publicaciones que concreten la calidad de los esfuerzos.
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Dentro de los actos conmemorativos, concurrimos al programado en el Centro Cultural del Oriente, que rindió justo homenaje de reconocimiento a los Empresarios Santandereanos, Alfonso Penagos Mantilla, Hernando Pardo Ordóñez y Maceo Duarte Mora. En ellos se concretó un sector humano de fortaleza progresista que, desde sus antepasados, vino persistiendo en la industria modelo santandereana. Las intervenciones suscitaron remodeladas perspectivas cuando Bucaramanga enfrenta porvenir halagüeño que, por serlo, exige cautela, vigilancia y orden.
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Como en 'La Virgen de las Rocas', de D’Annunzio, una gran tristeza y una gran dulzura nos invaden, recordando las banderas blancas, con cintas azules, izadas en lo más alto desde el día 7 de diciembre, cuando en LORENA y sus alrededores, se oía la convocación de los cohetones, lanzados con la misma musicalidad de los campesinos trapicheros inolvidables. Allí estaban los abuelos en la anual escena, admirados y amorosos, explicando a los pequeños nietos la profundidad de la devoción conmemorada. La Inmaculada Concepción, decían, estará de nuevo, venida sobre las aguas del Ríolato, cobijada por la sombra de los caracolíes centenarios, hasta llegar a los niños que la esperan en la casona hospitalaria. Decenas de años no han sido suficientes para que pasemos desapercibidos la reiterada familiar escena de las banderas blancas.

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