viernes 05 de marzo de 2010 - 10:00 AM

Grímpolas

Quienes aprendimos a leer y recitar 'de corrido' en 'El Tiempo', dirigido por el doctor Eduardo Santos y gerenciado por don Fabio Restrepo, en nuestra propia casa de familia, sede de la agencia de Pamplona, para repartir suscripciones y vender sueltos los 50 números que llegaban cada tres días, salvando distancias, parte vía 'Busexpreso' y parte 'a lomo de mula', no podemos ser extraños a las preocupantes ocurrencias internas de ahora, como la divulgada en la edición del domingo pasado bajo el título 'Tiempo de despedirse', suscrita por Enrique Santos C., en su columna 'Contraescape'. En uno de sus apartes dice formalmente:

'Siento que ya he cumplido un ciclo vital decisivo en este periódico al cual ha estado ligada mi existencia. Cambian los tiempos, cambian las personas, cambia el oficio, cambia la vida. Entender que ha llegado este momento ha sido todo un proceso y es algo que me llega a las entrañas. Es irme de la que ha sido mi casa y no solo editorial desde que tengo memoria. Como fue la de mi padre y la de mi abuelo que como yo, nunca ejercieron una actividad distinta al periodismo'.

Pareciera en este párrafo y en otros de la misma columna, que en el periódico se están contemplando circunstancias que en esta 'modernidad' posiblemente sean inatajables, así contradigan los añejos comportamientos de que tanto hablara su fundador, reiterados en el vigoroso documento del 28 de agosto de 1955 suscrito por el doctor Santos, con ocasión del atropello dictatorial de entonces, reacción enaltecida 'con la limpia bandera izada en el palo mayor y el capitán en el puente de mando'.

Ese solo lee periódicos, se decía de una persona que se considerara poco ilustrada. 'El Tiempo', en su siglo de existencia, ha suplido los empastes y con notables escritores de todos los valores y tendencias, mantiene una intelectualidad de limpia y fervorosa dedicación colombianista. Mandamiento del doctor Eduardo Santos fue uno superior repetitivo. 'Fuera de 'El Tiempo' nada he deseado tener. No he sido un empresario de publicidad, sino un periodista a quien mueven ideas y principios, y si se quiere pasiones  al servicio de mi tierra y de mis ideas'.

La columna de Enrique Santos  no es solo una despedida ocasional. Es una constancia amistosa, fraternal, pero de conciencia interpretativa: 'Hoy como también es natural, quiero respirar nuevos aires... Esta nueva etapa también la entiendo como una oportunidad para seguir una tarea intelectual, acaso más desligada de ataduras empresariales o familiares. Opto, en fin por esta independencia porque luego de tantos años, he tenido el privilegio de escogerla'. Nunca en seis renglones se sugiere tanto y por escritor público de tan elevada prestancia.

 

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