sábado 28 de noviembre de 2009 - 10:00 AM

El Conde de Cuchicute, Figueroa y Jaime Álvarez Gutiérrez

El vestido tiene su propio lenguaje. Por medio de él una persona expresa su manera de ser o la forma en que quiere proyectarse ante la comunidad, bien sea porque le nace o porque deliberadamente quiere enviar un mensaje.

En Santander existen tres casos muy especiales como es el del conde de Cuchicute, el de Luis Enrique Figueroa y el de Jaime Álvarez Gutiérrez. El conde de Cuchicute se vestía al estilo siglo XIX, cuando ya vivía en pleno siglo veinte. Pero en realidad pertenecía más al siglo anterior por su manera de sentir y de vivir las cosas. El se creía y se sentía un noble, como todo sangileño que se respete. Y de ahí que primero se consiguió su título de Conde, que por cierto es el de más alta jerarquía dentro del escalafón de la nobleza, porque el último, el de barón, fue usurpado por nuestros barones electorales.

Y luego de comprar su título, quiso que aquello fuera producto de una hazaña, como ocurría antiguamente, pues la nobleza surgió  de la clase militar, que a través de las grandes batallas, duelos y hazañas, la realeza otorgaba como premio tales títulos.

Así  que el Conde no quería llegar por  el simple mecanismo de la compra –venta a la conquista del título, sino que fuera mediante un hecho en donde estuviera implicada la sangre, que es la protagonista de las hazañas y de los hechos importantes.  De ahí  que decidiera  volarse un ojo y llenar  con un parche el cuenco, para darse una fisonomía que acorde con el traje de gala, el sacoleva, lo identificara. En esa forma lo conocimos, sentado en las bancas del Parque Santander, cuando se hospedaba en el hotel Bucarica. También vestía sombrero de copa, monóculo, anillos en sus dedos, varita de mango de plata, capa española, levita verde con galones de raso y chaleco de fantasía.

Y murió como tenía que morir, en forma dramática, pues luego de provocar a su mayordomo, seguramente con el maltrato, con la arrogancia noble, con el látigo del terrateniente feudal, lo agarró el mayordomo a machetazo limpio, como en las tragedias griegas, para redondear  el personaje que dominó  por mucho tiempo la historia de capa y espada  de nuestro feudalismo criollo.

Nadie en Santander ha atraído tanto la atención para novelarlo, para escribir biografías sobre él, para tratar de interpretar una época o una región, para tomarlo en todo caso, como un símbolo de la aventura, del señorío feudal, del aristocrático señor que soñaba con su propio reino y con su propio monarca.

Vea el texto completo en raulpachecoblanco.blogspot.com

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