Abundan la superficialidad, el folclorismo y hasta el morbo alrededor de la renuncia del Papa y la elección de su sucesor.Según mi parecer, no importa que el Papa sea joven o viejo, cardenal o laico, casado o soltero, hombre o mujer, blanco o negro, latinoamericano o europeo, lo que interesa es que sea un ser humano auténtico, enamorado del mensaje evangélico, que tenga claridad sobre la misión de los seguidores de Jesús en este momento histórico, y que, rodeado de un formidable colegio apostólico, tenga el vigor de corregir el rumbo y encauzar la Iglesia de Cristo (que no es solamente la católica) hacia la misión y los ideales a los cuales consagró la vida y la sacrificó su Fundador.Debe por lo tanto ser capaz de despojarse y despojar a la Iglesia de todo su boato y de toda esa maraña de tradiciones que han enturbiado su secular caminar por la historia. Que rodeado de un nuevo equipo de apóstoles, con la cruz por cayado y el Evangelio por yelmo, no encerrado en iglesias o palacios, se dedique a recorrer el mundo por las calles y plazas, por los centros comerciales, utilizando todos los recursos de la tecnología moderna, desafiando humildemente a los poderosos de todos los pelambres, llevando el mensaje de Jesús, respaldado por ese ejemplo cautivante de los primeros cristianos de quienes se decía: “ved cómo son capaces de amar”.No se trata de ejercer un liderazgo político sino uno moral, que recate los valores humanos, fundamentales en la construcción de un nuevo mundo donde reinen “la justicia, el amor y la paz”. Una sociedad humana no puede estar constituida sino por seres auténticamente humanos.Para ello basta recurrir al sencillo mensaje contenido en el evangelio: Que todos somos hermanos, hijos de un mismo Dios que no distingue entre ricos y pobres, sabios e ignorantes, varones y mujeres, que no discrimina a pecadores, homosexuales y prostitutas, sino que sobre todos hace brillar el mismo sol. Que todos debemos amarnos y respetarnos como hermanos, pero en particular debemos hacerlo con los niños y desvalidos. Que no debemos vivir en el miedo o desasosiego sino en la tranquilidad y la confianza, ya que existe un Dios que nos protege y nos proveerá el pan de cada día. Que si ponemos a trabajar esforzadamente los talentos que todos hemos recibido, lograremos progresar y alcanzar nuestros ideales. Que debemos disfrutar pero no ser esclavos de las riquezas y ser generosos con los demás. Que debemos ser constructores de paz, bienestar y progreso. Que con nuestra palabra y nuestro ejemplo debemos sembrar en el mundo conciencia de dignidad humana, justicia y solidaridad.Tal es el líder que la Iglesia de Cristo necesita. Un moderno Francisco de Asis.