Soy católico de corazón pero no de razón. Admiro la actividad de muchos sacerdotes y fieles y me duelen los injustos ataques contra una institución tan benemérita (y como todo humano llena de debilidades) a la cual amo, respeto y vivo agradecido. Hace tiempos me desembaracé de dogmas y mitos, pero continúo del mensaje sublime que predicó, respaldándolo con su ejemplo, ese maravilloso ser que fue Jesús de Nazareth. Asisto con devoción a sus ritos interpretándolos en sentido simbólico y me emociono con los cantos y las bellas ceremonias.Estoy muy contento con la figura del papa Francisco, persona sencilla y amable, como en mi juventud me emocioné en la Plaza de San Pedro con la elección de ese viejito campechano Juan XXIII, quien resultaría gran reformador como gestor que fue del Concilio Vaticano II. No creo en los grandes tratadistas, sino en los hombres sencillos que inspiran veneración con sus vidas como Nelson Mándela.Los gestos simbólicos del Papa Francisco son el comienzo y el requisito para generar en la jerarquía católica, a menudo fosilizada y burocratizada, la aceptabilidad a ciertos cambios que, dejando intacto el mensaje evangélico, liberen las estructuras eclesiales de tradiciones y prácticas que lo alejan del hombre de hoy.La iglesia debe dar igualdad a la mujer en el acceso al ministerio y a la jerarquía. Su discriminación es antievangélica y fruto de un machismo histórico devaluador y hasta estigmatizador de ese sublime género. También debe desaparecer el celibato obligatorio para el ministerio sacerdotal, impuesto antievangélicamente a sus sacerdotes por turbias razones y en situaciones históricas superadas. La iglesia católica debe evitar el moralismo sexual y, sin declinar en su defensa de la vida, debe confiar en las decisiones personales e iluminadas de sus fieles particularmente en las formas de prevención del embarazo y las enfermedades transmisión sexual. Esas energías desperdiciadas en debates moralistas estarán mejor empleadas siguiendo los pasos de Jesús, en combatir con la palabra, y sobre todo con el ejemplo, todo tipo de violencias, injusticias, desigualdades y segregaciones.Los líderes eclesiales deben abandonar sus palacios, vestidos, títulos y suntuosidades por una vida sencilla. Sin caer en una oscura iconoclastia que destruya las riquezas artísticas que nos ha legado la historia eclesiástica, los ornamentos, templos, ritos, deben ser sencillos y austeros, aunque hermosos y solemnes.Es preciso respaldar con el ejemplo ese amor por los más pobres, desprotegidos y sufrientes mediante una vida digna y sencilla, unida al aprecio con desapego y gratitud a las bellezas y bondades de la generosidad divina.