domingo 26 de abril de 2009 - 10:00 AM

Dosis personal: verdades y falsedades

La ley que ha propuesto el gobierno sobre la dosis personal ha suscitado muchos debates y afirmaciones no siempre equilibradas.

Se debe admitir que la sociedad y a el Estado no pueden ser indiferentes ante el fenómeno de la drogadicción acentuado por la connivencia indiferente con la dosis personal ya que se trata un asunto que repercute no solamente en el adicto sino en la toda la comunidad. Si se prohibió fumar en lugares públicos y recintos cerrados por qué no se pueden poner restricciones al uso del 'cachito'?

Es incongruente que se hagan tantos esfuerzos combatiendo el narcotráfico mientras se es indiferente ante el consumo.
Es un hecho que el libre porte de la dosis personal puede camuflar el 'jibarismo'.

Es absurdo, como lo hacen ciertos insignes juristas, justificar la dosis argumentando el derecho al libre desarrollo de la personalidad. Acaso los vicios son caminos para el crecimiento personal?    .
Pero forzar a los adictos a seguir un tratamiento o sancionarlos, además de contraproducente es impráctico. Un Estado que no es capaz de brindar a todos un mínimo de salud y ni siquiera proteger a las mujeres embarazadas y a los niños abandonados no puede responsablemente comprometerse a proveer centros de 'reclusión' para los adictos. Las leyes deben ser de posible exigencia y cumplimiento. La ley propuesta pasaría al inmenso número de aquellas que 'se obedecen pero no se cumplen'.

Ningún vicio de la humanidad ha podido ser erradicado mediante la prohibición sino paliado en sus efectos mediante la reglamentación.
Pero admitido que el Estado y la sociedad no pueden seguir siendo indiferentes y totalmente permisivos ante la dosis personal, qué se puede hacer?

Los códigos podrían facultar a la Policía para identificar a los consumidores públicos y lugares de consumo social (el consumo totalmente privado no es asunto de Policía sino solamente de salud), con el fin de evitar que por debajo de la adicción (que es una enfermedad) se escondan redes de expendedores, esos sí delincuentes.

Los adictos se tratarían como enfermos y podrían ser enviados no a tribunales sino a sedes especializadas donde médicos, sicólogos y trabajadores sociales analizarían sus casos, identificarían a sus padres o familiares y (sin imponer) dialogarían sobre las causas y efectos del fenómeno e ilustrarían sobre los caminos preventivos y curativos.  

Algo similar podría hacerse con los borrachitos, a menudo más peligrosos que los mismos drogadictos. A propósito sería bueno prohibir el alicoramiento en lugares abiertos y salir a la calle en estado de beodez. Pero, será posible lograrlo?

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