domingo 27 de enero de 2019 - 12:00 AM

¿Enloquecimos?

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El vil atentado terrorista contra nuestra escuela de Cadetes nos ha conmovido hasta la locura. Del ELN se podía esperar todo. Desde hace años se trasformó de un puñado de idealistas emocionados en cambiar el pais por los senderos de la revolución castrista, a un nido terrorista anarquizado y sin rumbo que reconoció y justificó semejante barbaridad como búsqueda de la paz a través del dialogo; y sus dirigentes se lavaron las manos afirmando que ignoraban tan infame plan. A ellos, nos duele reconocerlo, hay que tratarlos como a niños caprichosos hasta que agachen la cabeza. Pero que el país en su conjunto haya enloquecido ante el terror, sí es algo demasiado peligroso. Por las redes sociales se tejieron hipótesis absurdas, creídas por personas aún ilustradas, como que el atentado haya sido fraguado por el Gobierno en forma de cortina de humo para obnubilar el escándalo suscitado por el escándalo de Odebrecht. Argumentan para ello que la Fiscalía ya conocía de los detalles y por eso el Fiscal (uno de los implicados) logró dilucidarlo en tan poco tiempo. Y no pocos hicieron eco a semejante tontería.

En política resurgió la enfermiza polarización entre uribismo e izquierdismo. El jefe de la primera fracción trinó desde la orilla con un bombazo: “Qué grave que la paz haya sido un proceso de sometimiento del Estado ante el terrorismo”. O sea que el culpable fue Santos por haber firmado el tratado de paz con las Farc. Y no tardó en trinar también (no sin razón) desde la otra orilla el jefe de la Colombia humana “Terrorista es quien quiere mantener la guerra”. Y afirma no salir a marchar junto con el uribismo, el cáncer de Colombia.

Cuando se esperaba que todo el pais monolíticamente saliera a condenar tan detestable hecho, los rencores grupistas vinieron a dividirnos en algo tan fundamental como la defensa de la vida y de los valores de convivencia.

Y la locura colectiva llegó al extremo. También nuestro equilibrado Presidente, asesorado por su “experto” Ministro, pretendió, con argumentos antijurídicos, absurdos y peregrinos, echar por la borda los protocolos firmados con los gobiernos garantes. El alboroto es mal consejero.

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