domingo 03 de enero de 2010 - 10:00 AM

¿Cayó realmente el muro de Berlín?

Hace 20 años por la presión incontenible de los berlineses orientales que deseaban unirse con sus compatriotas occidentales, cayó el muro de cemento construido por Kruschev que separaba el sector ruso del sector aliado, materialización de aquella cortina de hierro que profetizó Churchill se levantaría en la posguerra entre Oriente y Occidente. Su destrucción llevaría pronto a la reunificación de las dos Alemanias. Pero hay muros cuyo proceso de construcción o destrucción son mucho más lentos cuales son aquellos sociales y culturales.

Tal reunificación no fue fácil y causó muchos costos económicos a los occidentales y sacrificios sociales a los orientales. Los alemanes orientales se ufanaban de poseer una de las industrias más desarrolladas del mundo. La realidad era completamente diferente. Al destruirse la barrera que los separaba de Occidente se dieron cuenta que sus industrias, espantosamente atrasadas, eran incapaces de competir con las occidentales. Las zonas rurales se despoblaron, creció la pobreza y disminuyó drásticamente la natalidad y en su conjunto la población alemanda se envejeció.

Pero también a los orientales les costó sacrificios sociales y culturales su adaptación a las nuevas circunstancias. En el régimen comunista las comodidades eran mínimas.

Tuve ocasión de vivir de analizar de primera mano este traumatismo en una visita que realicé a Berlín en las seguidillas de la reunificación.  La zona occidental, aunque con restos del deterioro de la guerra, era pujante y alegre. La zona oriental era más atrasada, tranquila y zanahoria. Sus edificios estaban deteriorados y casi intactos los desastrosos recuerdos bélicos pues no había comenzado una verdadera reconstrucción. Me alojé sucesivamente en dos hogares orientales, uno de extracción proletaria y otro de clase culta. El padre de la primera trabajaba filmando escenas en un teatro espontáneo que funcionaba en uno de esos clubes populares cuyo acceso era gratuito. Su preparación académica era mínima. La madre era maestra de un colegio de la vecindad. La abuela se quejaba porque la reunificación había menguado los beneficios sociales que gozaban los jubilados. Habitaban una bonita casa y poseían, después de haber esperado años, uno de esos feos y famosos Wolkswagen socialistas. La otra familia estaba constituida por dos doctores docentes universitarios que habitaban un amplio apartamento en un hermoso edificio deteriorado que estaban remodelando con fondos subsidiados por el nuevo gobierno. Se transportaban a la Universidad en bicicleta y sus entradas eran similares a los de la anterior familia. Pero unos y otros vivían contentos en el mundo socialista; no se quejaban de la igualdad salarial y hasta añoraban la tranquilidad de la vida anterior. Aunque admitían el atraso económico reconocían que los políticos comunistas, aunque alienados por su ideología eran personas honradas y cumplían sus promesas.

Los muros materiales son de fácil destrucción, no así los sociales y culturales que requieren lentos procesos de decenas de años.

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