domingo 04 de enero de 2009 - 10:00 AM

Recorriendo Bolivia (II)

La estructura de las mansiones de los potentados sucreños, generalmente de dos pisos, era la siguiente: un patio delantero con puerta exterior donde habitaban los españoles; un patio intermedio para los criollos y criados quienes sólo podían acceder al claustro español para cumplir sus deberes de servidumbre, y un tercer patio trasero para los peones y los indígenas. Estos dos patios se comunicaban con la calle por un zaguán lateral ya que por la puerta  central solamente podían entrar y salir los españoles.

En ninguna ciudad se pueden notar como en Sucre la discriminación y el inicuo trato de los españoles hacia los indígenas. Ni siquiera a las iglesias podían acceder los nativos conversos quienes debía asistir a lo oficios divinos de pie dentro de unos corrales situados a lado y lado de la puerta principal.

Las mansiones de los españoles sucreños son todas suntuosas pero nos llamó particularmente la atención aquella de un español que se encontró una veta de plata en Potosí y se hizo tan potentado que por el dinero que envió a la Corona fue nombrado Príncipe real y por la generosidad con la iglesia fue declarado Príncipe eclesiástico.

Príncipe y Princesa se hicieron a un recinto de varias hectáreas donde mandaron construir una reproducción del palacio de la Tullerías en París y los campos Elíseos con imitaciones del obelisco, del Arco del triunfo y de la torre Eifel, mamarrachos de mal gusto. Afortunadamente la pareja resultó estéril y, al morir, su Palacio y sus jardines se convirtieron en un amplio y hermoso parque público muy bien cuidado y conservado por la alcaldesa y por el espíritu cívico de sus habitantes.

Tuvimos la ocasión de visitar uno de tantos palacios hoy convertido en un colegio de las Salesianas donde ese civismo se reflejaba en las paredes blancas sin una mancha aún aquellas que rodeaban el campo de deportes, en la cordialidad de las religiosas y el impecable aseo de los servicios higiénicos.

La noche anterior a dejar nuestra magnífica mansión-hotel el administrador nos invitó a visitar el museo de la casa. Descendimos a un subterráneo de aproximadamente dos metros de ancho y tres de alto que terminaba en una amplia sala donde en vitrinas empotradas en las paredes se exhibían preciosas reliquias artísticas de las épocas precolombina y colonial. Pregunté la razón de la existencia de ese subterráneo. Me explicaron que en épocas pretéritas, no se sabe cómo, los monjes habían construido clandestinamente esos laberintos que comunicaban con los principales conventos de religiosas y monjes existentes en la ciudad. Para qué esos laberintos y salas, para depósitos o salidas de emergencia?  No parece. (Continuará)

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