domingo 25 de enero de 2009 - 10:00 AM

Recorriendo Bolivia (IV)

Tales provincias orientales fueron despojadas por el gobierno de las regalías que recibían por los hidrocarburos allí explotados, para con ellas cumplir las promesas de subsidio hechas a los ancianos.

Evo es partidario (y en eso no le falta la razón), de que por solidaridad las regalías se distribuyan teniendo en cuenta la población y no el lugar de explotación. Y las provincias con tales recursos son las más ricas y menos pobladas. Ellas argumentan (también con razón), derechos adquiridos y que con los dineros de las regalías están promoviendo carreteras y obras públicas que contribuyen al progreso del país y al bienestar colectivo. Un Estado no progresa simplemente concediendo regalos y repartiendo limosnas entre los necesitados, sino mediante una economía sólida basada en la justicia y que genere el único instrumento que puede redimir la miseria de los pobres: la oportunidad de acceder a un trabajo productivo, digno y bien remunerado. El asistencialismo sólo se justifica en circunstancias calamitosas pero no puede constituirse en una política estable.

Evo con tales decisiones sólo ha logrado desanimar la inversión y aumentar el desempleo como lo admiten los evistas críticos. Quitarles a esas provincias ricas, productivas y pujantes, inconsultamente y por decreto esos dineros, fue un acto políticamente equivocado que ha llevado al país a una ebullición innecesaria.

También les parece inaceptable a las provincias de Oriente, por razones históricas, económicas y culturales que en otro escrito analizaré más detalladamente, que se les quiera imponer, utilizando el instrumento de referendos manipulados y basados en unas mayorías pobres, ignorantes y gregarias, y una mayoría muy relativa en la Asamblea Constituyente, una Carta Magna autoritaria y centralista que otorga ventajas políticamente inconvenientes a los cholos y los indígenas. Como lo afirma el grupo evista culto y crítico, los privilegios deben basarse en méritos y no en la pertenencia a una raza, etnia o clase social, sea cual ella sea. No importa el color de la piel de los gobernantes sino que sean competentes y honrados. Institucionalizar la discriminación en una Constitución es un error fatal e imperdonable.

La Constitución que se pretende imponer merced a unas débiles mayorías de corte chavista, ajena a la realidad histórico-política del país, rompería la ya frágil unidad nacional y haría inviable a Bolivia como nación. Allí sólo podrá funcionar una nación de corte federalista, con gran autonomía de las provincias pero cimentada también en la solidaridad entre las provincias ricas poco pobladas y aquellas pobres en recursos donde habita una gran mayoría de personas en estado infrahumano y culturalmente atrasadas.

Después de estas consideraciones sociopolíticas que explicitaré en otra oportunidad, continúo mis crónicas saltuarias centradas particularmente en las experiencias vividas durante mi periplo por este país tan bello y contrastante donde moran tantos seres humanos nobles, trabajadores y sacrificados dentro de condiciones y desigualdades deplorables.

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