domingo 15 de febrero de 2009 - 10:00 AM

Recorriendo Bolivia (VIII)

La vida de los pocos pobladores de las estériles montañas bolivianas es miserable y calamitosa. Apenas si pacen en ellas las llamas y las vicuñas; sus pobres sembrados de patatas o de quinua (una especie de arroz pequeño y seco), están a merced de las escasas lluvias. Algunos se arriesgan a roer esas arenosas cimas en búsqueda fallida de vetas minerales.

Después de una hora, ateridos de frío, pudimos proseguir el viaje porque al conductor le resultó una proeza bajar la llanta de repuesto ya que las tuercas estaba oxidadas.  Seis horas duró el trayecto hasta Uyuni, una población de unos 30.000 habitantes situada a la vera del salar, cerca de la frontera con Chile. Allí el conductor nos entusiasmó con el almuerzo que nos servirían en un lujoso restaurante. Me aconsejó pedir la carne de llama, suave y sin grasa, de un sabor delicioso que ya habíamos probado en Santa Cruz. Lamentablemente estaba podrida y me causó una fuerte diarrea que me acompañaría por el resto del viaje contribuyendo a mi deshidratación.

Perplejos quedamos cuando se nos anunció que tendríamos que atravesar el salar en un recorrido de dos horas y media, ya que allí, lejos de la civilización y con la sola comunicación por radio (el de la camioneta estaba dañado), se encontraría nuestro confortable hotel de sal, pero que no temiéramos pues ya el conductor había mandado arreglar la llanta de repuesto.

No habíamos transitado una hora por el salar cuando la llanta se volvió a pinchar en un sitio donde los lugareños explotan rudimentariamente el mineral. Como no había posibilidad de despinchar, tuvimos que continuar el trayecto sin llanta de repuesto. Cuando nos estábamos acercando al pueblito donde quedaba el hotel, en un bache uno de los rines expulsó su aro con las consecuencias que todo conductor conoce.

Anochecía, el clima era gélido y soplaban fuertes vientos mezclados de sal y arena.  No nos quedó mas remedio que armarnos de valor y con lo indispensable continuar a pie el trayecto de algunos kilómetros que nos separaban del hotel, ya que era más riesgoso pasar la noche en ese paraje en una camioneta carente de calefacción. Cuando, al ocultarse el sol tras las montañas que rodean el salar, llegamos al pueblito, pedimos a un niño que nos guiara hacia el hotel, pues corríamos el peligro de perdernos.

Finalmente por entre trochas y atravesando arroyos-alcantarillas, llegamos a nuestro refugio donde fuimos recibidos amabilísimamente y el gerente envió inmediatamente a buscar la camioneta y traernos el equipaje.  También nos atendieron con agua de coca que sirve para el mal de altura, pero es también laxante y por lo tanto contraproducente para mi situación gástrica.

Es increíble encontrar en esas lejanías esos hoteles de la organización Taika provistos de todas las comodidades necesarias.... Pero, esa noche se había ido la luz. Con velas y sin calefacción hicimos el esfuerzo por dormir y descansar algo en una 'confortable' habitación contaminada con polvillo de sal. Nos levantamos temprano y nos aseamos como pudimos ya que el agua estaba helada.

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