domingo 20 de diciembre de 2009 - 10:00 AM

Tolú y Coveñas, de la tragedia a la esperanza

La belleza del golfo de Morrosquillo es cautivante, sus ensenadas y sus manglares fascinantes. Recorrimos en canoa uno de ellos, escenario de vegetación, de generación de vida, de cría de cangrejos y fertilización de peces, aptos para la meditación, la contemplación y el romance. Visitamos algunas de las Islas del Archipiélago de San Bernardo. Cuatro de ellas llaman particularmente la atención.

Una pequeña y en plena entrada donde podría construirse un hermoso hotel, es propiedad de un oligarca que rara vez la visita. En sus cercanías esta Isla Palma con un suntuoso y lujoso conjunto vacacional, refugio idílico de los ricos cartageneros y de los turistas que visitan la Heroica. Muy cerca de allí, en contraste paisajístico y social, se encuentra el Islote…, uno de los lugares más poblados del mundo, donde no hay árboles, ni piscinas, ni avenidas, ni parques, ni suntuosas residencias, sino un conglomerado de casas, casi todas de dos pisos y en permanente construcción donde se apiñan sus habitantes, la mayoría niños que sin embargo se ven alegres y bien nutridos a base de plátano y pescado y de las pocas entradas que genera el turismo. Esa niñez emigrará pronto a engrosar los cordones de miseria de Cartagena. El paseo culminó en la Isla Múcura, sitio encantador y con excelente gastronomía. El paisaje es hermoso y su ambiente silencioso sólo es violado por la caricia de las olas sobre la arena, por los vendedores de collares de piedras, caracoles y corales, de bebidas y deliciosos ceviches.  El cautivante olor a manglar en ensalzado por el de las rudimentarias cocinas de leña en cuyas ollas los mismos pescadores preparan para los visitantes sus langostas, pargos etc...  Pero... allí tampoco hay instalaciones sanitarias para los turistas.

¿Por qué ese contrate de belleza y de abandono? Hasta los 70 esas tierras estaban bastante cultivadas, en ellas pacían hatos de ganados y a pesar de las desigualdades entre grandes propietarios, peones y aparceros, sus gentes vivían en paz, supliendo sus necesidades básicas. Pero un grupo de guerrilleros venido desde el interior y comandado por nuestro paisano, el feroz Martín Caballero, comenzó a sembrar el terror en esos lares e instaló su cuartel general en los románticos, fértiles y de difícil acceso Montes de María que se asoman por un lado hacia el Atlántico y por otro hacia Carmen de Bolívar, Sincelejo etc… Desde allí estos criminales se dedicaron al secuestro y a reclutar por todos los medios a jóvenes para sus filas. Víctimas de la extorsión, primero los empresarios turísticos y después los ganaderos tuvieron que abandonar esos lugares; como reacción surgieron los grupos de autodefensas, transformados pronto en bárbaras bandas que a sangre y fuego se apoderaron de esas tierras.... Lo demás es conocido. Hoy, gracias a los esfuerzos de este gobierno, se siente un renacer lleno de confianza y de esperanza y sus pobladores sólo esperan que, desaparecida la violencia todavía allí presente en menor escala, se ponga un dique para que no se repita tan trágica historia.

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