jueves 30 de septiembre de 2021 - 12:00 AM

Voto obligatorio

El día que cada ciudadano deba acudir sí o sí a las urnas, las cosas habrán de cambiar. En aquel momento podremos conocer al candidato real, al que nos representa, al que podremos reclamar a futuro.
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Como de costumbre en esta época pre-electoral, todos los prospectos de candidatos empiezan a mostrar sus ejecutorias y sus eventuales posiciones políticas, y así tratar de seducir a los potenciales electores. De traje y corbata, pasan a usar tenis y camisetas. Esto no tendría por qué ser reprochable si no fuera porque al final todo se convierte en una pantomima que encanta a los incautos, que son muchos en Colombia. Eso sí, las propuestas, la sustancia, lo importante, poco les interesa. Es nuestra culpa, hay que decirlo.

Todos quieren acudir a la recolección de firmas para promover sus candidaturas, así tengan una filiación política partidista clara, como si con esto dejaran atrás la sombra del clientelismo y la corrupción. Y precisamente con estos temas es que quieren lograr que la ciudadanía les dé su voto de confianza. Complejo panorama.

Pero como si fuera poco, la ciudadanía presencia a diario cómo el buen nombre y la honra de los candidatos y sus familias se pone en tela de juicio, como si fuera carne en el asador dispuesta para servirse ante los comensales hambrientos. Es perfectamente comprensible que queramos saber quién es la persona que se presenta ante nosotros como candidato, pero de ahí a mancillar al ser humano hurgando en su intimidad, hay una enorme diferencia.

Todos los candidatos tienen sus intereses, cosa que es perfectamente normal. Todos quieren lograr llegar al poder, por él se postulan. Pero, ¿a qué costo? Pareciera que a cualquiera: las conciencias se venden y se compran en Colombia. Se venden, porque, cual camaleón, cada candidato asume el ropaje que le convenga. Y se compran, porque un ciudadano con hambre vota por quien mejor le pague; poco le interesa qué le proponen o quién lo hace.

Es acá donde se hace necesario poner un tema de debate sobre la mesa: el voto obligatorio para todos los ciudadanos del país. La causa principal de la mala política es el alto costo de las campañas. Recientemente se dijo que una campaña tradicional al senado puede requerir una inversión superior a los 3.000 millones de pesos. Sumas y restas elementales permiten concluir que no es negocio para nadie. El día que cada ciudadano deba acudir sí o sí a las urnas, las cosas habrán de cambiar. En aquel momento podremos conocer al candidato real, al que nos representa, al que podremos reclamar a futuro.

RODRIGO J. PARADA
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