domingo 09 de agosto de 2009 - 10:00 AM

¿Por qué nadie vio que venía la crisis?

La pregunta que aparece como título de esta nota la hizo la Reina Isabel de Inglaterra y tiene a la mayoría de los economistas reconocidos, incluyendo a varios laureados con el Premio Nobel, con la cara roja y el rabo entre las piernas. No tienen una respuesta adecuada a esa sencilla pregunta. La ciencia económica se encuentra ahora a la defensiva por haber ofrecido un futuro predecible, manejable, o por lo menos concebible.

La idea de que los precios del mercado son los correctos porque contienen toda la información disponible y que, por lo tanto, nadie puede tomar ventaja consistentemente, que ha sido la base para muchos de los modelos matemáticos que se utilizan para predecir o manejar riesgos en los mercados financieros mundiales, está siendo seriamente cuestionada por propios y ajenos. Y los modelos basados en esas creencias corren peligro de pasar a hacerle compañía a la piedra filosofal o a la bola de cristal. (Esta nota se basa en los artículos de Richard Thaler y Robert Sidelsky del Financial Times de la semana pasada). No solamente Keynes está volviendo a ser relevante. Viejos economistas de la llamada tendencia post keynesiana han vuelto a figurar. Durante los años de sostenido crecimiento de la economía mundial nadie los tuvo en cuenta porque hablar de crisis no despertaba interés. Distinguidos economistas que no pertenecen a esas corrientes, como Nuriel Roubini, predijeron correctamente la crisis actual y gozan en el momento de muy buena reputación, pero también son víctimas del síndrome del patito feo, que no es popular entre los patos después de que se descubrió que es cisne.

La integridad de algunos de los más connotados economistas ha sido puesta en juicio. Burbujas como la de los 'puntocoms’ o la del mercado de finca raíz en el Japón ya habían demostrado que los precios no necesariamente están bien, antes de que se viniera abajo el mercado de finca raíz en las principales economías. También existía evidencia de que correlaciones no predecibles entre instrumentos de inversión pueden aparecer, o que las rentabilidades astronómicas que induce temporalmente el excesivo apalancamiento financiero son un espejismo, pues con ellas viene una mayor vulnerabilidad ante lo inesperado como lo demostró la quiebra del fondo de riesgo Long Term Capital Management, que contaba entre sus socios con un Premio Nobel en economía. Este quiebra fue un ensayo controlado de lo que sucedió después, y no se tuvo en cuenta. Richard Thaler atribuye esa omisión a que el atractivo de la rentabilidad difícilmente se resiste.

Algunos economistas pueden decir con razón que lo que está en juicio no es la ciencia económica sino algunos aspectos de la macroeconomía y la teoría financiera, que se gestó en las escuelas de negocios más que en los departamentos de economía. Pero quizás esta crisis sirva para devolver un poco el péndulo como sugiere Sidelsky y que los economistas vuelvan a hacer mayor énfasis en los aspectos humanos, de comportamiento y morales de su disciplina y no se entreguen con tanto entusiasmo a fetiches inspirados por la simplificación que exigen las matemáticas o el deseo de convertir a la economía en una ciencia exacta.

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