Publicado por: Samuel Chalela
En Barranquilla están sembrando seis mil árboles para celebrar el Día del Medio Ambiente; en Estambul se desató una ola de protestas, como una primavera turca, por la decisión de talar los árboles del emblemático Parque Gezi, para dar paso a una mole de cemento y una mezquita. Entre tanto, la gobernación de Santander celebró sembrando un Pomarroso en el Parque de los Niños.
Me encontré con una misiva que le escribió don José Antonio Escandón a Luis Ernesto Puyana, por allá a mediados del siglo XX, en la que se pregunta: “¿ Por qué razón los santandereanos no hacemos santandereanismo? Todas las secciones del país, cual más, cual menos, se preocupan por hacerse conocer, por cantar sus glorias (…) por hacer su propaganda. Nosotros no. Eso, jamás. Sería indigno de nuestra grandeza y de nuestras tradiciones”. Pero el santandereanismo falla no solo en la propaganda (el marketing, dicen ahora), sino especialmente –y eso es lo más grave- en la causa común, en la cohesión colectiva para construir comunidad. Pareciera, don José Antonio, que carecemos de conciencia de cuerpo; somos solamente luchadores de nuestra propia supervivencia; creadores de patrimonios para acumular y beneficiar –si acaso- a nuestra descendencia. La notoriedad en lo local no está concebida para servir, mucho menos para ordenar esfuerzos hacia el bienestar colectivo. Así es en la política local: los notables de la comarca se asoman a ella solo de lejitos, con los dedos en la nariz para no respirar la inmundicia, pero sobre todo para no meterse la mano al bolsillo e impulsar una causa constructiva.
Vemos asombrados la cohesión de otros y somos incapaces siquiera de imitarla. La envidiamos, la criticamos o, incluso, nos burlamos de ella. La ciudad verde, espaciosa, limpia y señorial que se fue, sigue diluyéndose. Ya los guayacanes, gallineros, sarrapios, búcaros y las imponentes palmas son imágenes de fotografía desteñida. Las campañas de arborización que recuerdo fueron esfuerzos individuales, escasamente promovidos o apenas acompañados institucionalmente; ni qué decir de otras preocupaciones colectivas que en cualquier ciudad se convierten en propias para cada individuo: la protección arquitectónica, el cuidado de los monumentos o símbolos urbanos, la recuperación de zonas deprimidas, etc. El egoísta cívico –una contradicción per se- no siembra árboles fuera de la casa; porque fuera de ella, para él no hay ciudad, solamente las casas de otros.









