Publicado por: Samuel Chalela
La televisión, como la conocemos los mayores de 30, está de despedida.
Ella que durante el siglo XX desmitificó el entretenimiento, lo desmontó del altar de los escenarios teatrales, lo integró a la cotidianidad expropiándole a las vespertinas y noches de fin de semana en salas públicas el monopolio de los espectáculos, está dejándose ganar la partida.
Los mayores de 30 entendemos la dimensión de lo que fue el imperio del televisor por generaciones. Ahora, los tristes televisores pujan por retener el monopolio de la atención; lo hacen con toda clase de escaramuzas (tv inteligente, alta definición, etc), pero el contenido (la televisión) es el mismo: la fórmula está agotada. Mientras, la Internet con sus redes sociales, sus videos caseros, sus múltiples aplicaciones (sólo contando los de entretenimiento) se roba cada día, y a pedacitos, más televidentes.
La televisión privada, supuestamente de “gran factura”, con presupuestos densos, sigue cursando el camino del rating como determinante de la programación; sin innovar, sin proponer nuevos lenguajes o formatos, sino incurriendo en repetir los esquemas una vez exitosos (¿cuántos “reallities” más tenemos que soportar para que se entienda que ya preferimos Youtube?). Como en la tecnología, el buen resultado de una herramienta sólo determina la mayor exigencia del usuario y la necesidad de proponer algo diferente: el éxito del celular solo sentó las bases de su reemplazo por el teléfono inteligente.
La televisión pública, libre del yugo del rating y carente de la opulencia de presupuestos, ha señalado –quizás sin proponérselo- un sendero inimaginable de supervivencia: la innovación y la propuesta inteligente. Quizás no sea la más vendedora, pero tiene un público especializado que, por eso (por especializado) es el que puede garantizar su permanencia porque decide. En cambio, la masa televidente, rústica y poco exigente, sostendrá el “rating” mientras la conectividad a Internet no se extienda –como sucederá- y deje de estar fatalmente cautiva a los bodrios de la tv privada.
En cuanto todos –o la mayoría- puedan y sepan acceder a Internet, la televisión privada estará agónica y quizás sea la gran oportunidad de la televisión pública.
¿Empezarán a sobrar canales?









