viernes 08 de enero de 2010 - 10:00 AM

El año de la celebración

Ya serán 200 años desde que se derrumbó el dominio ibérico sobre los pueblos de América. Más como consecuencia natural del desmoronamiento del Imperio español ocurrido por la impermeabilidad de la península a las reformas borbónicas que intentaron llevar la Ilustración a esas tierras, que de la eficacia de una verdadera gesta libertadora revolucionaria.

Aquella España clerical y atada al origen divino del poder del monarca, incapaz por consiguiente de aceptar el derrocamiento de Dios como fuente de autoridad política y la instauración de la razón y la ciencia en la base de las nuevas estructuras sociales de Europa, vio pasar la aplanadora de la civilidad moderna (la Revolución Francesa) y tras ella vio caer, uno tras otro sus señoríos: el militar, el político internacional, el cultural y finalmente el territorial que terminó con la ruina moral de España que se selló con la pérdida de Cuba y la debacle de 1898. No tienen allá motivos para celebrar. El Imperio de Carlos V, que quisieron modernizar los Borbones Felipe V y Carlos III, se fue derrumbando, paradójicamente, por la cohesión de España en torno a la religión, inmune a los reformistas alemanes e ingleses. Una tragedia en pocos actos, de la que se beneficiaron franceses e ingleses, especialmente éstos últimos que coronaron su grandeza en el siglo XIX con la revolución industrial.

¿Pero qué celebraremos nosotros? Bueno, nacimos como repúblicas. Pero el salto sin paradas de España, desde el moribundo Medioevo hacia la contemporaneidad, sin salpicarse de Ilustración, ciencia y era moderna, acarreó para nosotros el nacimiento de 'patrias bobas' que aún ahora están desvertebradas y socialmente subyugadas.

Aquí el juzgamiento de malos o buenos gobiernos que pueda haber en la región, pasa a un segundo plano. Lo relevante no es que se gobierne mal o bien, el síntoma alarmante es que todavía estamos frente a líderes destructores del Estado. Figuras populares que se cosechan del miedo, la miseria y la ignorancia, alrededor de las cuales se resucitan muertos como el absolutismo, la demagogia, la concentración de poder, el despotismo; fantasmas todos estos que fueron bien decapitados en la revolución francesa. ¿A quién le importa lo mal gobernante que pueda ser Chávez o lo bueno que pueda ser Uribe, si alguno de ellos pone en peligro del Estado de Derecho? Las celebraciones son para reflexionar.

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