viernes 23 de abril de 2010 - 10:00 AM

El lado decente de la democracia

Será la primera vez que acalle mi disciplina ideológica al votar. La devoción a las libertades, las reivindicaciones populares y la igualdad social no será esta vez mi único derrotero electoral; mejor dicho, apretaré el 'trapo rojo' con la mano izquierda en el bolsillo -que es la del corazón- y decididamente votaré por Mockus. Y lo digo porque Mockus no es tan liberal como me gustaría; su cartesiano y disciplinado pensamiento se acomoda más con la autoridad y la fijación de normas. Pero está en juego algo superior, se trata de restablecer los principios del mundo moderno: legalidad, civilidad, supremacía de la vida, servicio público y progreso incluyente. Mockus no es sólo un académico honrado. La honradez -aunque escasa- no es todavía patrimonio exclusivo de él.

Desde que trasiego por las oficinas públicas acompañando a ciudadanos y empresarios o dando consejo legal al Estado, he visto gente honesta surgir entre la agazapada corrupción. Pero nunca como ahora, había visto semejante distorsión de los conceptos de autoridad y servicio público. Campea la cínica convicción de que ejercer el poder es favorecer a 'unos' sin importar el interés de 'todos'; de que disentir es irrespetar o sublevarse; de que la ley se puede violar por conveniencia; y de que trazado un fin, ya no importa el medio; por todo eso estamos en las más oscura catacumba medieval. Adormecidos vemos cómo pasan por el frente atroces situaciones como los 'falsos positivos', las 'chuzadas' (nombre con el que se simplifica un aterrador taller de persecución y crimen de Estado), el soborno a los congresistas y la penetración de organizaciones criminales en el establecimiento. Y no importa si todo pasó sin que Uribe lo supiera; digamos que así fue, pero tengamos la sensatez de avergonzarnos y actuar para erradicar semejantes horrores. Cuando Mockus era Alcalde de Bogotá y tuve que reunirme con él y su gente, supe que estaba ante un hombre respetable. Pausado, racional y ajeno al protagonismo, oyó, analizó, discutió, explicó y decidió ahí mismo, todo con la entereza de un verdadero hombre de Estado. Al final, dijo como colofón: 'es que entender, no tiene reversa'. Una frase simple con contenido socio-político enorme, como sus lapidarios 'la vida es sagrada', 'no todo vale' y su apuesta por la 'legalidad democrática'. Es la oportunidad de vivir el lado decente de la democracia.

 

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