sábado 25 de noviembre de 2023 - 12:15 AM

Samuel Chalela

El principio de Arquímedes

Pasa en política, en las relaciones sociales, en el trabajo, en el colegio: todo está controlado (lenguaje, miradas, nuevas ideas, tecnología) para evitar que se desborde el enemigo que cada quien ve
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Columna de
Samuel Chalela

Llega al Teatro Santander “El principio de Arquímedes”, la pieza teatral del dramaturgo catalán Josep Miró (1977). En ella, el beso de un profesor de natación a uno de sus muy pequeños alumnos, llorón y asustado en la piscina, pone en tensión dos fuerezas: el miedo o el asco de los padres por lo que pudiera ser (impulsados por el prejuicio) y la libre expresión de afecto hacia los niños. Se arma el despelote. ¿Fue o no la semilla de un abuso?; ¿será o no un linchamiento precipitado?.

Estos han sido tiempos en los que el miedo viaja muy rápido, viene en avión. La velocidad y el impacto con que irrumpen los delirios de cosas que no han ocurrido todavía, son desbordados, metastásicos. Las redes sociales descalabran el tiempo y la objetividad de los hechos, los hacen surreales. La paranoia se hunde en la comunidad y como efecto emergen, desbordados, los señalamientos y la persecución. Asustados, hipercontrolamos y pasamos a mayores: linchamos o guerreamos (pura irracionalidad).

Pasa en política, en las relaciones sociales, en el trabajo, en el colegio: todo está controlado (lenguaje, miradas, nuevas ideas, tecnología) para evitar que se desborde el enemigo que cada quien ve (el machismo, los abusos sexuales, las acciones antidemocráticas). ¿Cuánto control estamos dispuestos a soportar? ¿Cuánta empatía, conexión interpersonal, podemos sacrificar o reprimir? ¿Pretendemos que nuestra interacción humana sea insensible, normada, como de robots, para que no haya riesgo?

La impecable puesta en escena en el Teatro San Martín de Buenos Aires (2014) dejó atrapada a la audiencia entre la duda y el estigma al maestro. Y Miró cuenta en una entrevista de 2016 que en cada país pasaba algo distinto, según la idiosincracia. En Rusia el público se dejó llevar por el prejuicio. ¿Qué dirán los bumangueses?

También cuenta que despues de la lectura de la obra en la Comédie-Française, unas señoras le dijeron que había echado sal en la herida de una Francia “que unas decadas después de tener su mayo del 68, se ha vuelto profundamente controladora y conservadora”. Y no es que haya que ser permisivo con el machismo, ni mucho menos con los abusos sexuales, pero ¿cuánto de todo eso se merma con el hipercontrol de las formas, la persecusión de lo que parece sin serlo? ¿y cuánta empatía cotidiana sacrificamos? Saquen conclusiones.

Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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