viernes 29 de mayo de 2009 - 10:00 AM

Los adminículos

Caminaba hacia mí por la acera, con la mirada puesta en mi cara, imperturbable, sin recato. Mientras yo avanzaba a su encuentro, pensé que nos conocíamos; pero no, alguien así no se me habría olvidado. Cuando nos cruzamos dijo fuerte y claro: 'estoy a tiempo, veámonos en mi hotel'.

'Mierrrda, sigo vivo', pensé, y sonriente le lancé una cursi mirada de complicidad, que tuve inmediatamente que recoger cuando descubrí que de su oreja se salía un adminículo moderno: eso a lo que hoy llaman un manos-libres inalámbrico. La cara de asco y sorpresa que recibí a cambio de mi orgullosa sonrisa, me dejó claro que la propuesta no era para mí, sino para alguien al teléfono.

¡Ah!, esos adminículos. A los de mi generación todavía nos cuesta comprender el fax y el horno microondas; es natural que tengamos problemas para imaginar que un arete es también un micrófono. Pero ¿qué hace alguien que tiene las manos desocupadas, o peor, alguien que tiene justamente el teléfono en la mano, usando un manos-libres para comunicarse? Esnobismo puro. ¿No es como usar anteojos 'de sol' en un recinto cerrado?

Yo debía seguir mi camino hacia una oficina pública a entregar unos documentos. Igual, entonces, no habría podido ir al hotel –verdes están las uvas, dice la zorra de Esopo-. Al llegar a mi destino me atendió una robusta funcionaria tras la ventanilla, que mirándome a la cara dijo: 'déjemelos encima del mueble de la entrada'. Quedé desorientado como cuando le hablan a uno en un idioma desconocido. '¿Qué?', atiné a decir. 'Con la plata del mandado', completó la Funcionaria. Tuve que ruborizarme demasiado, pues la gordita con un gesto brusco me mostró el adminículo con su rollizo índice apuntando a la oreja. Otro manos-libres. Hablaba con su hija.

Creo que el uso de las nuevas tecnologías exige también una especie de código de conducta social, una ética del aparato. Algo para orientar a los desprevenidos como yo. Un principio de acción: el manos-libres debe ser para quien tiene las manos ocupadas y no debe usarse para hablar por teléfono mientras se atiende al público. Yo no puedo seguir saludando gente que sonríe en la calle, con un arete y las manos en los bolsillos, ni asumiendo que todo el que habla mirándome a la cara se refiere a mí.

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