viernes 23 de enero de 2009 - 10:00 AM

Un caimán en Nueva York

Hace algunos años, en los avatares del foro judicial capitalino, me crucé con un hidalgo colega que me identificó como bumangués y, luego de intercambiar algunas palabras amistosas, no titubeó en declarar:

'nací en Bogotá, pero yo soy zapatoca, porque eso es una raza y no una oriundez; no importa el lugar de nacimiento, los zapatocas siempre seremos zapatocas'. Convencido, como santandereano y bumangués que soy, del particular talante de los hijos de la Ciudad Levítica, quise saber más de mi respetable colega.

El doctor Gamboa Serrano, docto abogado, ilustre profesor universitario y autor de varios textos, es además, como él mismo dice, un Serrano 'caimán' y hace gala de su conocimiento de las distintas gamas de Serrano de su pueblo: los aprieta 'peos', los gallo de lata, los guara, los 'sapilargos', etc. Por conducto de él cayó en mis manos un documento que entregaré a la Academia de Historia de Santander, con algunas anotaciones. Se trata del diario que don Juan de Dios Serrano Otero hizo de su viaje desde Zapatoca a Nueva York y París en 1910, para la compra de la primera planta eléctrica del pueblo.

En la bitácora de viaje, a pesar de que su autor se propuso escribirla de modo 'muy lacónico', se describen con lenguaje vívido, expresivo y de época, las conmovedoras experiencias de un ciudadano formado en la sociedad monacal de su pueblo, cuando se enfrentó al caótico ambiente de la Gran Manzana, donde, sorprendentemente para él, nadie se conocía entre sí, 'ni se camina siquiera un metro sin tener que sacarle el cuerpo a tranvías, automóviles, coches, carros, bicicletas', a lo que el desconcertado visitante atribuyó el 'número de cojos, tanto de hombres como de mujeres, que se ve en la ciudad'. El viajero encandilado con la visión nocturna de los avisos comerciales, declaró su admiración respecto a 'cómo juegan aquí con la electricidad'.

A él -como le habría ocurrido a cualquier zapatoca- lo indispuso la grosera costumbre de cobrar dinero para asistir al servicio religioso católico, de tal modo que prefirió retirarse sin oír misa. Esas y muchas peripecias del largo viaje y de la permanencia en Nueva York y París, se retratan en un documento romántico e histórico que hace parte del pasado santandereano y que bien vale la pena poner a disposición de todos.

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