viernes 03 de julio de 2020 - 12:00 AM

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Hoy ya no dependemos para sobrevivir del establecimiento de normas a nivel estatal, ahora debemos asumir como ciudadanos responsables la adopción de conductas de autocuidado
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Columna de
Santiago Gómez

La cuarentena terminó en la práctica hace rato. Puede que Duque siga aplazando su finalización por decreto, mientras mantiene desde hace meses las más de 40 excepciones.

Puede que desatienda las solicitudes de volver al encierro forzoso que sugirió la alcaldesa López, puede que siga dando señales confusas.

Pero lo cierto es que pocos respetan hoy el confinamiento estricto a pesar de no haber llegado siquiera al pico de contagios en el país.

Llegó el momento de enfrentar la enfermedad y convivir con ella, el levantamiento del encierro se debía dar cuando el sector sanitario estuviera preparado para atender la oleada de afectados que esta semana superó los 100.000, pero los porcentajes de ocupación de UCI en el país empieza a generar alarmas que contradicen esa sensación de preparación anticipada.

Convivir con la enfermedad, tal como lo denominan los expertos, puede traer la ventaja de consolidar una masa crítica de recuperados inmunes o puede tener efectos positivos -aunque no absolutos o automáticos, según estudios de economistas respetados a nivel internacional- de cara a la lenta recuperación de los mercados.

El cálculo o la apuesta es arriesgada, porque los costos se cuentan en cadáveres. Los controles deben realizarse en todos aquellos puntos de riesgo, mediante el cumplimiento riguroso de los protocolos de bioseguridad y también gracias al florecimiento de una nueva ética del cuidado común por parte de la ciudadanía. Ahí está el reto principal.

Hoy ya no dependemos para sobrevivir del establecimiento de normas a nivel estatal, ahora debemos asumir como ciudadanos responsables la adopción de conductas de autocuidado que van mucho más allá de lavarnos las manos y usar tapabocas.

Valores como la tolerancia, el respeto y el reconocimiento de que las actuaciones individuales afectan siempre -positiva o negativamente- a otros serán fundamentales para sobrellevar los momentos más duros de esta pandemia, que sin duda -por lo menos en la frialdad macabra de las estadísticas- están por venir.

Nunca antes ser buena persona, en el sentido de favorecer el logro de los objetivos comunes por encima de los puramente individuales, podría salvar la vida de millares de personas.

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