viernes 24 de abril de 2020 - 12:00 AM

Aprendizajes

Hoy descubrimos, ante la realidad impuesta por una situación que comúnmente sentimos como propia, que la empatía es el cemento del relacionamiento duradero y útil.
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Columna de
Santiago Gómez

Día 39. Quizás, solo quizás, la modificación de los patrones de consumo nos ha dejado una enseñanza fundamental: se vive bien con menos que con todo aquello que dábamos por hecho y que estábamos convencidos de necesitar en el ritmo frenético del día a día.

Es posible, es una conjetura, que muchas de las reuniones laborales puedan ser, al regresar a la presencialidad, reemplazadas por simples correos electrónicos o llamadas telefónicas. Es probable también, que no haya relación comprobada entre la productividad y el control o vigilancia de la presencialidad. La confianza se revalorizó como valor empresarial y social desde que perdimos los abrazos.

Normalizamos, durante mucho tiempo, que las relaciones sociales se daban casi que naturalmente. Hoy descubrimos, ante la realidad impuesta por una situación que comúnmente sentimos como propia, que la empatía es el cemento del relacionamiento duradero y útil. Hoy valoramos en su justa medida la necesidad de la libertad perdida, así como reconocemos que frente a los posibles afanes de control y autoritarismo que han reaparecido en esta crisis, la autonomía respetuosa continuará siendo el bastión que construye consensos colectivos.

Aprendimos que flexibilidad no siempre significa desdén, permisividad o falta de rigurosidad, que necesitamos de otros para cumplir nuestros sueños o los objetivos de nuestras empresas. Reconocimos que nos adaptamos más rápidamente de lo que creíamos a aquello que tememos. Comprendimos la importancia de liderazgos constructivos, de la información transparente y de la comunicación estratégica.

Reconocimos la importancia de mantenernos sanos y entendimos lo vulnerable que es la raza humana, luego de varios siglos de creernos invencibles o pensar que solo nosotros controlábamos el frágil equilibrio natural del planeta. Quizás, sólo quizás, al final de cuentas, todos somos más parecidos de lo que creímos, nuestros miedos, nuestras debilidades, nuestros sueños y nuestras angustias parecen reducirse a unas pocas circunstancias comunes.

Experimentamos, en un duro golpe de realidad, que es la solidaridad la que salva vidas, no la codicia, no la exclusión. Pero ojalá, después de todo esto, aprendamos también que es fallido concebir que la economía debe seguir concentrando las ganancias y socializando las pérdidas.

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