viernes 31 de julio de 2020 - 12:00 AM

Bodeguitas

El daño que le hacen esas mal llamadas agencias a la sociedad es incalculable. Tanto que el pago de coimas para asegurar contratos no termina siendo la única de sus detestables costumbres.
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Columna de
Santiago Gómez

Ninguna buena universidad le enseña a los periodistas y comunicadores de este país que recomienden a sus clientes ser principalmente reactivos y no proactivos en sus ejercicios de relacionamiento comunicacional. Algunos pseudocomunicadores posan -para desgracia de quienes sí entienden, estudian y valoran la comunicación- de estrategas expertos y predicadorcitos de la información, ganando mucho dinero por ello, creando cuentas falsas para defender -o atacar- una marca. Pero con solo revisar la fecha de creación de los perfiles se descubre el robo, se evidencia que los públicos son menos tontos de lo que parece y que la validez de los argumentos expuestos es cero. Quien no pone la cara para defender -o mejor, explicar- sus posiciones, debe entender que quienes lo leen, ven o escuchan tienen todo el derecho a sentirse engañados. No hay comunicación efectiva sin una previa construcción de lazos estables y duraderos de confianza. Y la confianza no se construye desde la cobardía de perfiles falsos que vergonzosamente se comunican en defensa de causas que podrían ser convenientes y convincentes si se abordaran desde la transparencia y no desde la trampa para engañar con números y tendencias prefabricadas.

Esas bodeguitas, por si fuera poco, son laboratorios de explotación laboral. Administrados por mercenarios de la comunicación, emplean recién egresados -o practicantes- que trabajan hasta las 3 de la mañana para llenar las billeteras de sus dueños, a cambio de salarios mínimos que no le garantizan a la empresa ni continuidad, ni el sentido de pertenencia y lealtad de su recurso humano; ni propuestas perdurables, ni siquiera la salvaguarda confiable de información a clientes que quedan a merced de la alta rotación de un personal que, por un peso más, se larga de un día para otro con su autoestima por el piso, creyendo que así se deben hacer las cosas.

El daño que le hacen esas mal llamadas agencias a la sociedad es incalculable. Tanto que el pago de coimas para asegurar contratos no termina siendo la única de sus detestables costumbres. Empresas y comunicadores deben evitar caer en esa trampa. Su integridad no tiene precio.

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