viernes 09 de julio de 2021 - 12:00 AM

Constitución

Pocas veces en la historia de este país se logró un consenso como el que permitió revolver las entrañas de un país que, como el nuestro, permanecía en la premodernidad extemporáneamente.
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Columna de
Santiago Gómez

Esta semana cumplió 30 años la Constitución Nacional, un hito en la historia política de Colombia. Ese año, el país se sacudió de un pasado que transcurría sobre la ruta trazada por una Carta trasnochada, la de 1886, que no daba cuenta del contexto social, económico y político de final del siglo pasado. Se sacudió del conservadurismo propio de la Regeneración y dio pasos fuertes hacia un país más liberal, progresista y moderno. La Constitución fue, en ese entonces, el soporte que impidió que el país cayera por el filo del abismo al que la habían arrastrado los grupos violentos, los políticos corruptos y el narcoterrorismo.

En estos 30 años ha quedado evidente que lo logrado en 1991 fue extraordinario. Pocas veces en la historia de este país se logró un consenso como el que permitió revolver las entrañas de un país que, como el nuestro, permanecía en la premodernidad extemporáneamente. Las figuras de Navarro, Gómez Hurtado y Serpa presidiendo la firma de la Carta Magna son la muestra de un proceso transaccional complejo que transcurrió mediado por la grandeza de quienes entendieron que los intereses públicos debían ser salvaguardados sobre los individuales.

Allí nos reconocimos como un país complejo, con necesidades no resueltas y en muchos casos inéditas, como un país diverso, dispuesto a cambiar trascendiendo caprichos electorales y aspiraciones particulares.

Grandes logros evidencian dichos avances: la reconfiguración de una estructura de administración de justicia que ofrece, en el papel al menos, garantías inexistentes y necesarias; la consagración de libertades múltiples negadas hasta entonces por una sociedad retrógrada y mojigata; el reconocimiento y defensa de las minorías, la aceptación de la importancia del medio ambiente; la alineación frente a instancias de derecho internacional; la cualificación del sistema de inhabilidades para funcionarios públicos y la laicización del Estado.

Esa hoja de ruta se ajustó a las necesidades de un país incluso más avanzado que el de hace 30 años, la Carta fue visionaria en ese sentido y otorgó herramientas para gestionar problemas que vendrían después, pero en muchos casos los ciudadanos no hemos estado a la altura de lo allí establecido.

Autor
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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