viernes 17 de julio de 2020 - 12:00 AM

Desatornillándonos

Los ejercicios de docencia pertinente deben tener en cuenta siempre, con pandemia o sin ella, las particularidades de cada persona.
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Columna de
Santiago Gómez

Si algo evidenció esta pandemia es que el sector educativo colombiano está hoy, en términos generales y salvo contadas excepciones, más cerca de la tiza que de la inteligencia artificial.

Hoy el país está más conectado, pero no con la calidad que exigen las revalorizadas dinámicas remotas. Anchos de banda insuficientes y poco acceso a equipos hacen que sea cuestionable la democratización de internet, condición absolutamente necesaria para soñar en un país mejor educado.

Las competencias tecnológicas de los docentes no son las esperadas, sin decir nada de su profunda deficiencia en el dominio del inglés -lenguaje que, entre muchas otras ventajas, les acerca a la innovación-. La pandemia evidenció aún más las grandísimas brechas que existen entre docentes rurales y urbanos, pero también dejó claro que ni siquiera en las ciudades los docentes están tan familiarizados con herramientas para la educación remota como reconocían antes del Covid19. Desde el analfabetismo tecnológico y con condiciones de conectividad aún insuficientes, es necesario reactivar conscientemente -y hoy más que nunca de manera prioritaria- esfuerzos para cualificar, al menos en esos dos sentidos, el proceso educativo.

Lo otro que se hizo evidente durante estos últimos cuatro meses es que no existe mejor manera de formar que reconociendo la heterogeneidad de cada estudiante. Los ejercicios de docencia pertinente deben tener en cuenta siempre, con pandemia o sin ella, las particularidades de cada persona. La atención debe siempre ser individualizada en alguno de los momentos del aprendizaje significativo.

Por ello, quedan dos lecciones reveladoras y dos retos inmensos pero inaplazables: cualificar rápidamente a los docentes, mientras se les provee con mejores condiciones de acceso y uso tecnológico, y en segundo lugar, rediseñar las metodologías para reconocer ciertos espacios y tiempos de atención individual específica, que reconozcan en serio, no en el discurso pedagógico sino en la práctica constatable, no en el documento para el Ministerio sino en la atención al estudiante, las necesidades y ritmos particulares de cada uno de ellos.

No es una reinvención, es hacer lo que desde hace tiempo sabíamos que debíamos hacer, pero no hacíamos por temor a sacrificar nuestras más descaradas comodidades.

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